Mi nombre es Alfonso Pereira. Soy estudiante de doctorado en Historia en la Universidad de Chicago. Al igual de todos los que huyen, no sé muy bien porqué terminé en donde estoy. Sólo puedo decir que una serie de decisiones de personas que desconozco me tienen en este barrio sobrepoblado de curas sin sotana e intelectuales con complejo de inferioridad o superioridad -lo que viene a ser la misma cosa. En cualquier caso, cuándo la gente me pregunta digo a modo de explicación que tanto mi padre como mi abuelo vivieron en este mismo lugar en algún momento de su juventud. Esto, a pesar de ser cierto, no ha tenido inferencia alguna en mis decisiones pero satisface completamente a mis interlocutores. Mi abuelo habría llegado a Nueva York en el 28’, dónde trabajó en la bolsa como mensajero llevando comunicaciones de un lado al otro del edificio. Era un trabajo extenuante pues suponía estar sobre patines seis horas al día con sólo cinco minutos de descanso cada dos horas. La velocidad lo era todo y aunque la paga no lo representara, el buen desempeño de un mensajero podía hacer o perder una fortuna. Poco he podido encontrar en los registros neoyorquinos acerca del peculiar oficio y la documentación que tengo se reduce a una serie inconexa de fotos en las que las cámaras de la época sólo logran capturar a los mensajeros como estelas que recorren la bolsa.

Después de la semana negra del 29’, mi abuelo habría ido a Chicago a estudiar clasificación ganadera. La última entrada de su diario, fechada el 2 de noviembre de ese mismo año, tiene cierto tono de fatalista resignación que no he podido descifrar del todo. Relata como esa semana trabajó más que durante todo el mes anterior. La bolsa caía y el número de transacciones aumentaba de forma frenética. Los mensajeros rodaban de un lado a otro como si su vida se fuera en ello, unos asustados perdían la destreza y estrellaban contra otros, aumentando la confusión y el caos reinante. Los más caían desmayados de la fatiga en medio del recinto. Otros tantos desertaron sus oficios a sabiendas que nadie pagaría sus sueldos. Él, que había pactado su renuncia con antelación para esa semana, ya había recibido su sueldo y, si bien sentía una gran tristeza por lo que sucedía en su entorno, continuaba su trabajo diligentemente. Esa fue su última y mejor semana como mensajero en patines para la bolsa de Nueva York. Tan pronto se sentó en el tren que lo llevaba al Midwest americano, escribió todo lo que le había sucedido. A parte de este diario no poseo ningún otro documento de mi abuelo.


Mi padre, fue escritor de elites poco conocido, habría venido como estudiante a la Universidad de Illinois a principio de los setenta a hacer una maestría en Sociología e Historia, programa que sin embargo nunca terminó. De su existencia, como de todo lo anterior, me vine a enterar hace cuatro años cuando recibí en el correo la noticia, no sólo de que tenía un padre, sino que había muerto y que me había dejado una herencia. Junto con el correo venían sus papeles personales (veintisiete cajas de archivo que aún no he terminado de recorrer), el diario de mi abuelo, correspondencia privada, una foto de él junto a mi madre, y una carta en la que me explicaba que por respeto a ella nunca había intentado un contacto conmigo, que se había enterado de mi existencia cuando yo ya era un adulto y que sólo porque conocía mi ocupación profesional me dejaba sus papeles. Afirmaba que el hecho de que fuera su hijo era bastante conveniente pero puramente circunstancial. Había leído mis reseñas literarias y confiaba en mis capacidades editoriales. Además me dejó una cantidad de dinero que aseguró cubriría generosamente lo que me tomara organizar y publicar sus papeles. Yo nunca he creído nada de eso pero igual acepté el trabajo pues me eliminaba la culpa de aceptar la herencia y me sacaba del infierno laboral que es ser profesor universitario sin título de doctor. Desde entonces reparto mi tiempo entre el escarbar esas cajas, mis estudios y mi trabajo de archivista en Centro Investigativo de Colecciones Especiales (CICE) de la Biblioteca General Joseph Regenstein de la Universidad de Chicago, al que llamaré el archivo de aquí en adelante.
Este blog, sin embargo, no es acerca de mi vida. Me deleitaría escribir acerca del porqué he venido a dar dónde estoy. La novela nos ha enseñado a entender nuestro pasado como un libro. Un poco de práctica y todos podemos ser un perfecto antihéroe, (si no hay conflicto en sus personajes, búsqueles un capricho y aplíquele Freud, tendrá una historia). Llenaría hojas de narcisista humildad para descubrir que aún no sé quién soy y en un par de horas la tarea me repugnaría (lo digo en condicional por concederme una licencia, debería afirmarlo: lo he intentado varias veces y el resultado ha sido siempre el mismo). He decidido escribir esta introducción prensetándome porque considero que quién me lee debe saber mínimamente algo de mi para poder evaluar la información que le doy. A veces me sorprende que haya tanto narrador maleducado que no se le presenta al lector. Por hipotético que éste sea, uno debe ser consecuente y no escribir como si fuera un dios. Yo fui criado por mi mamá, en Bogotá. Nací en 1978 y, como he dicho, nunca conocí a mi padre. Mamá fue profesora de física en la Universidad Nacional. A parte de su trabajo y de mi crianza nunca hizo nada más (aunque mi amigo Julián siempre ha especulado que en su juventud fue parte del M y que cuando se doctoraba en Illinois estuvo presa por las protestas de la convención demócrata del 68; yo creo que la verdad es que a Julián siempre le han gustado las señoritas de la aristocracia bogotana, con particular ahínco si las seduce la izquierda; y por si fuera poco, siempre le han gustado las mamás). Por ciertos indicios siempre supe que tenía una vida a la cuál renunció vehementemente cuando yo nací, las razones nunca las conocí. De ella nunca se hablaba en casa a menos de que fuera de trabajo. Por ello, de mamá lo sé todo y nada. Sé cada uno de sus estados de ánimo pero nunca pude saber porque odiaba a Mahler, o porque los sábados no salía de casa. Siempre me dijo que yo no tenía papá porque “papá es el que lo cría a uno, no el que lo procrea”. Nunca le reproché su hermetismo porque ella nunca irrespetó mi independencia. Murió el siete de agosto de 2002 de un enfisema pulmonar que saboreó por años, lentamente, cigarrillo a cigarrillo. De las pantallas de televisión salían los acordes del himno nacional celebrando la posesión presidencial mientras mamá agonizaba en la cama. En vano fueron todos mis intentos de traer una enfermera a que apagara el televisor, pues el hospital entero parecía aletargado, no ya embobado, sino como ensopado en el sonsonete eufórico que era un discurso barroco, lleno de metáforas mal escogidas y citaciones innecesarias. Sólo cuando llegué a Chicago, cinco años después, pude ver como todo el episodio parecería haber sido escrito por un demiurgo cruel que, con giros de tuerca previsibles, movía los hilos de los personajes. La realidad, claro está, no tiene que ser verosímil. Mamá, que siempre odió la política, moría mientras el señor que pronto lo invadiría todo daba las gracias y citaba versos de poetas amigos de mi padre, quién, no es difícil intuirlo es el causante de la infelicidad de mamá. En ese momento no sentí tristeza, sentí la irritación de tener que aceptar con estoicismo la sonrisa que se le dibujaba en la cara a mi madre mientras moría. La misma sonrisa que se le dibujaba cuando fumaba y que me recordaba que mamá no quería vivir. Murió justo cuando el discurso terminó. La enfermera llego treinta segundos después. Los aplausos exaltados eran el efecto macabro de la producción, mientras yo, calladamente, le prometía que siempre recordaría su cara.
De mamá heredé la terquedad, unas cuantas neurosis, la obsesión por la independencia y la necesidad del método. En cualquier tarea se debe siempre empezar por el principio y eliminar todo lo que no sea estrictamente necesario. Justamente por ello, he comenzado con la historia de mi herencia paterna, porque ese es el principio de todo esto. Un día cualquiera el señor de UPS apareció en la puerta de mi estudio, me pedía que firmara por un inmenso cargamento que yo no me esperaba. Mi cocina, nombre con el que mis amigos apodaban a mi pequeño apartamento, se llenó rápidamente con las cajas. En cinco minutos pasé de vivir en un cuarto vacío a un depósito minúsculo y abarrotado. Tras superar el estupor inicial, llamé al abogado que mi padre sugería en su carta. A pesar de mi incredulidad, una serie de torpes preguntas me confirmaron que todo era cierto, o me convencieron. Una hora de conversación después, había pactado con el abogado: recibiría la herencia en forma de paga mensual y, en contraprestación, debía editar las obras de mi padre y tenerlas listas para publicación en un plazo máximo de diez años. Esa misma tarde renuncié con placer a mis horas como profesor. En la primera semana diseñé un plan optimista y ambicioso. El primer objetivo era lograr un trabajo de medio tiempo en el archivo de la universidad. Éste, no sólo me daría acceso a los registros universitarios del estado permitiendome acceso a alguna posible información sobre el viaje de mi abuelo y las andanzas de mi procreador, sino que me entrenaría para el oficio que se me había contratado. El bono: acceso las bóvedas secretas de la biblioteca. Durante dos semanas visité el archivo, escogí como objeto de estudio una copia manuscrita del siglo XV de los libros de astronomía de Alfonso X. De modo que mientas estudiaba uno de los compendios científicos más importantes pude estudiar uno a uno los miembros del staff del centro de Colecciones Especiales que hospedaba el archivo. Escogí a la señora Martha Musikantow, mujer de unos 70 años, poco conversadora y de mirada amable. De todos los trabajadores era la única que tenía, o que tiene, una rutina establecida: todos los días atiende la recepción de 9 a 11:30, luego va a tomar un café y a leer su correspondencia en las bancas del ala este de la universidad, veinte minutos después vuelve al trabajo. Ese lapso fue mi oportunidad. La segunda semana comencé acompañarla en su café, me le acerqué a preguntarle por un poco de cambio y rápidamente entablé conversación. El disfraz de la actuación y la falsedad me permiten sobreponerme a mi natural timidez. Pronto me reveló que era de Kansas y que su esposo había sido un famoso matemático de la universidad y que había muerto hacía cinco años. Sus hijos viven en California y la visitan dos veces al año. Cuando descubrí que le gustaba el jazz le sugerí que desde su computador podía oír toda la colección de la universidad. La estrategia funcionó pues al día siguiente me pidió el favor que le ayudara con la configuración. Las largas noches adolescentes en oscuros rincones de la red han probado ser útiles más de una vez. Pronto obtuve sus claves de acceso, de allí en adelante todo fue cuestión de tiempo. Durante semanas monitoreé el correo administrativo del centro y así pude saber cómo obtener la posición que ahora ocupo. Supe cuando mi antecesor renunció y qué buscaban en el reemplazo. La entrevista fue un ejercicio de cálculo y agudeza del que no puedo de dejar sentir algún orgullo. Y sin embargo, ahora que escribo estas líneas, ahora que todo este proyecto se ha convertido en mi cotidianidad, veo ese ímpetu inicial que me trajo acá con un poco de recelo. Me sorprende los límites que he cruzado, no porque no me creyese capaz sino porque no lo creí nunca necesario. Un mes me tomó descubrir todos los pormenores del oficio de archivista. Según el plan inicial, después de eso debería haber renunciado. Como ya sabe el lector, sigo aquí. Una serie de motivaciones que se me presentan tan interminables como ficticias me han mantenido acá. Sin embargo, no ahondaré en ellas. No quisiera caer en la pormenorización de mis subterfugios y viajes mentales. Como he dicho, creo que mi vida no le interesa a nadie. Soy el último resguardo de una tecnología muerta. Vivo en un cementerio de papeles y cuido de los restos de los trabajos de científicos muertos. Esa, que comenzó como una tarea secundaria en mi vida, se ha convertido en mi principal ocupación. A pesar de que sé que mi espíritu se seca a medida que escudriño en los archivos, como el papel periódico que conservo en fólderes antiácido, continúo en este trabajo que me permite sustraerme del mundo y descubrir las piezas de un rompecabezas que forma el esqueleto de la ciencia del siglo veinte. Escribo este blog porque creo en la gravedad de lo que encuentro en mi oficio. He leído lo que ningún investigador ha leído aún. Sé que la historia ha sido cantada, escrita, impresa y que ahora se consume. Y a pesar de ello creo que lo he encontrado es, si no ya cierto, al menos acertado y agudo, y espero que algún lector perspicaz pueda sacar algo de todo esto. Quizá escribiendo sobre otros, como Borges, pueda ver dibujarse mi cara en el papel.
August 26, 2011, 10:51pm Post


