<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" version="2.0"><channel><atom:link rel="hub" href="http://tumblr.superfeedr.com/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"/><description></description><title>Nos prometieron marcianos</title><generator>Tumblr (3.0; @juanca)</generator><link>http://nosprometieronmarcianos.net/</link><item><title>Introducción</title><description>&lt;p&gt;&lt;p class="p1"&gt;Mi nombre es Alfonso Pereira. Soy estudiante de doctorado en Historia en la Universidad de Chicago. Al igual de todos los que huyen, n&lt;span class="s1"&gt;o&lt;/span&gt; sé muy bien porqué terminé en donde estoy. Sólo puedo decir que una serie de decisiones de personas que desconozco me tienen en este barrio sobrepoblado de curas sin sotana e intelectuales con complejo de inferioridad o superioridad -lo que viene a ser la misma cosa. En cualquier caso, cuándo la gente me pregunta digo a modo de explicación que tanto mi padre como mi abuelo vivieron en este mismo lugar en algún momento de su juventud. Esto, a pesar de ser cierto, no ha tenido inferencia alguna en mis decisiones pero satisface completamente a mis interlocutores. Mi abuelo habría llegado a Nueva York en el 28’, dónde trabajó en la bolsa como mensajero llevando comunicaciones de un lado al otro del edificio. Era un trabajo extenuante pues suponía estar sobre patines seis horas al día con sólo cinco minutos de descanso cada dos horas. La velocidad lo era todo y aunque la paga no lo representara, el buen desempeño de un mensajero podía hacer o perder una fortuna. Poco he podido encontrar en los registros neoyorquinos acerca del peculiar oficio y la documentación que tengo se reduce a una serie inconexa de fotos en las que las cámaras de la época sólo logran capturar a los mensajeros como estelas que recorren la bolsa.&lt;span class="s2"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img alt="image" height="400" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Untitled.png"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Después de la semana negra del 29’, mi abuelo habría ido a Chicago a estudiar clasificación ganadera. La última entrada de su diario, fechada el 2 de noviembre de ese mismo año, tiene cierto tono de fatalista resignación que no he podido descifrar del todo. Relata como esa semana trabajó más que durante todo el mes anterior. La bolsa caía y el número de transacciones aumentaba de forma frenética. Los mensajeros rodaban de un lado a otro como si su vida se fuera en ello, unos asustados perdían la destreza y estrellaban contra otros, aumentando la confusión y el caos reinante. Los más caían desmayados de la fatiga en medio del recinto. Otros tantos desertaron sus oficios a sabiendas que nadie pagaría sus sueldos. Él, que había pactado su renuncia con antelación para esa semana, ya había recibido su sueldo y, si bien sentía una gran tristeza por lo que sucedía en su entorno, continuaba su trabajo diligentemente. Esa fue su última y mejor semana como mensajero en patines para la bolsa de Nueva York. Tan pronto se sentó en el tren que lo llevaba al Midwest americano, escribió todo lo que le había sucedido. A parte de este diario no poseo ningún otro documento de mi abuelo.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;&lt;img alt="image" height="225" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/diario1.jpg"/&gt;&lt;img alt="image" height="225" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/diario2.jpg"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Mi padre, fue escritor de elites poco conocido, habría venido como estudiante a la Universidad de Illinois a principio de los setenta a hacer una maestría en Sociología e Historia, programa que sin embargo nunca terminó. De su existencia, como de todo lo anterior, me vine a enterar hace cuatro años cuando recibí en el correo la noticia, no sólo de que tenía un padre, sino que había muerto y que me había dejado una herencia. Junto con el correo venían sus papeles personales (veintisiete cajas de archivo que aún no he terminado de recorrer), el diario de mi abuelo, correspondencia privada, una foto de él junto a mi madre, y una carta en la que me explicaba que por respeto a ella nunca había intentado un contacto conmigo, que se había enterado de mi existencia cuando yo ya era un adulto y que sólo porque conocía mi ocupación profesional me dejaba sus papeles. Afirmaba que  el hecho de que fuera su hijo era bastante conveniente pero puramente circunstancial. Había leído mis reseñas literarias y confiaba en mis capacidades editoriales. Además me dejó una cantidad de dinero que aseguró cubriría generosamente lo que me tomara organizar y publicar sus papeles. Yo nunca he creído nada de eso pero igual acepté el trabajo pues me eliminaba la culpa de aceptar la herencia y me sacaba del infierno laboral que es ser profesor universitario sin título de doctor. Desde entonces reparto mi tiempo entre el escarbar esas cajas, mis estudios y mi trabajo de archivista en Centro Investigativo de Colecciones Especiales (CICE) de la Biblioteca General Joseph Regenstein de la Universidad de Chicago, al que llamaré el archivo de aquí en adelante.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Este blog, sin embargo, no es acerca de mi vida. Me deleitaría escribir acerca del porqué he venido a dar dónde estoy. La novela nos ha enseñado a entender nuestro pasado como un libro.  Un poco de práctica y todos podemos ser un perfecto antihéroe, (si no hay conflicto en sus personajes, búsqueles un capricho y aplíquele Freud, tendrá una historia). Llenaría hojas de narcisista humildad para descubrir que aún no sé quién soy y en un par de horas la tarea me repugnaría (lo digo en condicional por concederme una licencia, debería afirmarlo: lo he intentado varias veces y el resultado ha sido siempre el mismo). He decidido escribir esta introducción prensetándome porque considero que quién me lee debe saber mínimamente algo de mi para poder evaluar la información que le doy. A veces me sorprende que haya tanto narrador maleducado que no se le presenta al lector. Por hipotético que éste sea, uno debe ser consecuente y no escribir como si fuera un dios. Yo fui criado por mi mamá, en Bogotá. Nací en 1978 y, como he dicho, nunca conocí a mi padre. Mamá fue profesora de física en la Universidad Nacional. A parte de su trabajo y de mi crianza nunca hizo nada más (aunque mi amigo Julián siempre ha especulado que en su juventud fue parte del M y que cuando se doctoraba en Illinois estuvo presa por las protestas de la convención demócrata del 68; yo creo que la verdad es que a Julián siempre le han gustado las señoritas de la aristocracia bogotana, con particular ahínco si las seduce la izquierda; y por si fuera poco, siempre le han gustado las mamás). Por ciertos indicios siempre supe que tenía una vida a la cuál renunció vehementemente cuando yo nací, las razones nunca las conocí. De ella nunca se hablaba en casa a menos de que fuera de trabajo. Por ello, de mamá lo sé todo y nada. Sé cada uno de sus estados de ánimo pero nunca pude saber porque odiaba a Mahler, o porque los sábados no salía de casa. Siempre me dijo que yo no tenía papá porque “papá es el que lo cría a uno, no el que lo procrea”. Nunca le reproché su hermetismo porque ella nunca irrespetó mi independencia. Murió el siete de agosto de 2002 de un enfisema pulmonar que saboreó por años, lentamente, cigarrillo a cigarrillo. De las pantallas de televisión salían los acordes del himno nacional celebrando la posesión presidencial mientras mamá agonizaba en la cama. En vano fueron todos mis intentos de traer una enfermera a que apagara el televisor, pues el hospital entero parecía aletargado, no ya embobado, sino como ensopado en el sonsonete eufórico que era un discurso barroco, lleno de metáforas mal escogidas y citaciones innecesarias. Sólo cuando llegué a Chicago, cinco años después, pude ver como todo el episodio parecería haber sido escrito por un demiurgo cruel que, con giros de tuerca previsibles, movía los hilos de los personajes. &lt;em&gt;La realidad, claro está, no tiene que ser verosímil&lt;/em&gt;. Mamá, que siempre odió la política, moría  mientras el señor que pronto lo invadiría todo daba las gracias y citaba versos de poetas amigos de mi padre, quién, no es difícil intuirlo es el causante de la infelicidad de mamá. En ese momento no sentí tristeza, sentí la irritación de tener que aceptar con estoicismo la sonrisa que se le dibujaba en la cara a mi madre mientras moría. La misma sonrisa que se le dibujaba cuando fumaba  y que me recordaba que mamá no quería vivir. Murió justo cuando el discurso terminó. La enfermera llego treinta segundos después. Los aplausos exaltados eran el efecto macabro de la producción, mientras yo, calladamente, le prometía que siempre recordaría su cara.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;De mamá heredé la terquedad, unas cuantas neurosis, la obsesión por la independencia y la necesidad del método. &lt;em&gt;En cualquier tarea se debe siempre empezar por el principio y eliminar todo lo que no sea estrictamente necesario&lt;/em&gt;. Justamente por ello, he comenzado con la historia de mi herencia paterna, porque ese es el principio de todo esto.  Un día cualquiera el señor de UPS apareció en la puerta de mi estudio, me pedía que firmara por un inmenso cargamento que yo no me esperaba. Mi cocina, nombre con el que mis amigos apodaban a mi pequeño apartamento, se llenó rápidamente con las cajas. En cinco minutos pasé de vivir en un cuarto vacío a un depósito minúsculo y abarrotado. Tras superar el estupor inicial, llamé al abogado que mi padre sugería en su carta. A pesar de mi incredulidad, una serie de torpes preguntas me confirmaron que todo era cierto, o me convencieron. Una hora de conversación después, había pactado con el abogado: recibiría la herencia en forma de paga mensual y, en contraprestación, debía editar las obras de mi padre y tenerlas listas para publicación en un plazo máximo de diez años. Esa misma tarde renuncié con placer a mis horas como profesor. En la primera semana diseñé un plan optimista y ambicioso. El primer objetivo era lograr un trabajo de medio tiempo en el archivo de la universidad. Éste, no sólo me daría acceso a los registros universitarios del estado permitiendome acceso a alguna posible información sobre el viaje de mi abuelo y las andanzas de mi procreador, sino que me entrenaría para el oficio que se me había contratado. El bono: acceso las bóvedas secretas de la biblioteca. Durante dos semanas visité el archivo, escogí como objeto de estudio una copia manuscrita del siglo XV de los libros de astronomía de Alfonso X. De modo que mientas estudiaba uno de los compendios científicos más importantes pude estudiar uno a uno los miembros del staff del centro de Colecciones Especiales que hospedaba el archivo. Escogí a la señora Martha Musikantow, mujer de unos 70 años, poco conversadora y de mirada amable. De todos los trabajadores era la única que tenía, o que tiene, una rutina establecida: todos los días atiende la recepción de 9 a 11:30, luego va a tomar un café y a leer su correspondencia en las bancas del ala este de la universidad, veinte minutos después vuelve al trabajo. Ese lapso fue mi oportunidad. La segunda semana comencé acompañarla en su café, me le acerqué a preguntarle por un poco de cambio y rápidamente entablé conversación. &lt;em&gt;El disfraz de la actuación y la falsedad me permiten sobreponerme a mi natural timidez&lt;/em&gt;. Pronto me reveló que era de Kansas y que su esposo había sido un famoso matemático de la universidad y que había muerto hacía cinco años. Sus hijos viven en California y la visitan dos veces al año. Cuando descubrí que le gustaba el jazz le sugerí que desde su computador podía oír toda la colección de la universidad. La estrategia funcionó pues al día siguiente me pidió el favor que le ayudara con la configuración. Las largas noches adolescentes en oscuros rincones de la red han probado ser útiles más de una vez. Pronto obtuve sus claves de acceso, de allí en adelante todo fue cuestión de tiempo. Durante semanas monitoreé el correo administrativo del centro y así pude saber cómo obtener la posición que ahora ocupo. Supe cuando mi antecesor renunció y qué buscaban en el reemplazo. La entrevista fue un ejercicio de cálculo y agudeza del que no puedo de dejar sentir algún orgullo. Y sin embargo, ahora que escribo estas líneas, ahora que todo este proyecto se ha convertido en mi cotidianidad, veo ese ímpetu inicial que me trajo acá con un poco de recelo. Me sorprende los límites que he cruzado, no porque no me creyese capaz sino porque no lo creí nunca necesario. Un mes me tomó descubrir todos los pormenores del oficio de archivista. Según el plan inicial, después de eso debería haber renunciado. Como ya sabe el lector, sigo aquí. Una serie de motivaciones que se me presentan tan interminables como ficticias me han mantenido acá. Sin embargo, no ahondaré en ellas. No quisiera caer en la pormenorización de mis subterfugios y viajes mentales. Como he dicho, creo que mi vida no le interesa a nadie. Soy el último resguardo de una tecnología muerta. Vivo en un cementerio de papeles y cuido de los restos de los trabajos de científicos muertos. Esa, que comenzó como una tarea secundaria en mi vida, se ha convertido en mi principal ocupación. A pesar de que sé que mi espíritu se seca a medida que escudriño en los archivos, como el papel periódico que conservo en fólderes antiácido, continúo en este trabajo que me permite sustraerme del mundo y descubrir las piezas de un rompecabezas que forma el esqueleto de la ciencia del siglo veinte. Escribo este blog porque creo en la gravedad de lo que encuentro en mi oficio. He leído lo que ningún investigador ha leído aún. Sé que la historia ha sido cantada, escrita, impresa y que ahora se consume. Y a pesar de ello creo que lo he encontrado es, si no ya cierto, al menos acertado y agudo, y espero que algún lector perspicaz pueda sacar algo de todo esto. Quizá escribiendo sobre otros, como Borges, pueda ver dibujarse mi cara en el papel.&lt;/p&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/9439921734</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/9439921734</guid><pubDate>Fri, 26 Aug 2011 22:51:00 -0400</pubDate><category>español</category><category>literatura</category><category>ciencia</category><category>historia</category><category>latinoamerica</category><category>latino</category></item><item><title>Quantum Margarita</title><description>&lt;p&gt;Había algo cálido en dar siempre la misma charla. Conocía perfectamente cada uno de los giros. Sabía qué partes le gustaban a la audiencia y qué partes la aburrían, qué partes podían alargarse en busca de una carcajada cómplice y qué partes podían omitirse si el hambre acosaba los humores. Había sido profesor de física nuclear por veinte años. De esa experiencia docente había aprendido la precisa lectura de los ánimos de un auditorio. Y, sin embargo, en el discurso de ese día &lt;span&gt;casi no gesticuló. Ese día no hubo &lt;em&gt;show&lt;/em&gt;. Dejo que el público se contentara con la historia. No sonrió coquetamente como era usual cuando contaba la anécdota en la que Bohr le decía personalmente que su teoría del átomo era correcta. Tampoco cuando recordó la sonrisa amable de Fermi. Esa sonrisa con la que el viejo profesor italiano le había reconocido como Físico justamente el día en el que juntos habían iniciado la primera reacción nuclear en cadena. No lo conmovió el recuerdo del momento en que se ganaba el respeto de sus mayores. No, tampoco sonrió entonces y ese típico momento borgeano pasó desapercibido. Le hubiera gustado hablar de su última invención, un analizador de proteínas; pero hoy, justamente hoy, también le hubiera gustado mandarlo todo a la mierda. Por si fuera poco, el inepto (así apodo &lt;/span&gt;&lt;span&gt;para sí mismo &lt;/span&gt;&lt;span&gt;al molesto hombre que tan impasiblemente como él seguía su discurso y que aún con el sombrero puesto sentaba al lado de la señora de Morgan) no paraba de fumar y el humo denso y empalagosamente frugal le irritaba los ojos y le hacía estornudar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;El Dr.  &lt;/span&gt;&lt;span&gt;Herbert Anderson (24 de mayo de 1914, New York City, New York – 16 de julio de 1988, Los Alamos, New Mexico) sabe que puede abstraerse y detallar la mirada perdida de la chica de la última fila, la sobrina de Wigner, porque su discurso no perderá fluidez: es un texto pulido por los años, maleable. &lt;em&gt;Afortunadamente no heredó la voz del tío&lt;/em&gt;- piensa y sonríe. Le gustaría poder retratarla. Sus pensamientos se pierden y entre alucinados y triviales recorren enteramente la sala, pero la historia sigue. El discurso continúa a pesar del estruendo de la bandeja que cae secamente en el piso. En segundo plano oye el aplauso tímido del público que le confirma que la burla del sombrero de Oppenheimer funciona y aún tiene unos años de vida. &lt;em&gt;Más exactamente diez años&lt;/em&gt;, lo sabe bien. En diez años la mayor parte de las personas que podrían entender la referencia habrá muerto toda. En diez años será sólo materia de especialistas. &lt;em&gt;Pronto se acabará todo&lt;/em&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt; No le molesta que lo consideren más cómo testigo &lt;/span&gt;que cómo protagonista de sus historias, o de la Historia. Sabe bien el valor de su trabajo. Él, que construyó los primeros reactores de la Historia, sabe que bien le valió la pena. Hoy, sin embargo, presiente las miradas lastimeras de algunos asistentes y a pesar de querer sentir indiferencia, sólo puede sentir desdén. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;De la última fila proviene una de esas miradas curiosas, inquisidoras, de los que lo consideran autor de la bomba, o más bien del miedo y  de las muertes. Cada charla hay una o dos así. Últimamente ha habido más. Hoy es una mujer. Lo mira intensamente y parece quererlo comprender. A Anderson el sentimiento le es conocido, se repite incansablemente y siempre le parece igualmente patético, insultante y falso. &lt;em&gt;En Los Alamos estaba lo más selecto de la ciencia, de allí salió la bomba, cierto, pero también el microhondas y las computadoras. John von Newman discutía sus proyectos con Fermi, al desayuno, mientras tomaban café en una barraca militar rodeados de soldados y obreros. Señora, sabíamos exactamente lo que hacíamos, nos jugábamos la vida, y el orgullo. Claro, nos opusimos a la forma, pero siempre supimos que las armas se construyen para matar. Yo ya vi morir a los mejores, señora. Otros hablan a solas cuando se oculta el sol. Sabíamos que nos ganábamos el odio y el desprecio  de algunos pero lo hicimos porque creímos honestamente que el futuro sin bomba sería peor. Es, claro, una encrucijada brutal porque nunca podremos probar esa afirmación, pero la encrucijada es también para usted señora. Pero usted, usted no debe tomar ninguna decisión.&lt;/em&gt; En ese momento recuerda quién es el inepto y recuerda que para el final del discurso debe estar presente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El Dr. Anderson se aprieta la corbata, bebe un poco de agua y elogia una vez más a su amigo, Nick Metropolis. Pasa la última diapositiva. Es el último golpe. Se endereza y sin bajar la mirada sonríe. &lt;em&gt;Pronto se acabará todo, señora.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;***&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En la carpeta titulada, &lt;span&gt;&lt;span class="s1"&gt;&lt;em&gt;on the &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;frontiers of quantum Monte Carlo&lt;/em&gt;, fechada el 17 de septiembre de 1985, están los borradores de la charla que el Dr. Herb Anderson preparó para la conferencia celebratoria del trabajo de Nick Metropolis. En la diapositiva 6 se reproduce un grabado perteneciente al &lt;em&gt;Margarita Philosophica.&lt;/em&gt; En éste&lt;em&gt;, &lt;/em&gt;se ve a Boecio venciendo a Pitágoras en una competencia de cálculo. La margarita, era el manual universitario más difundido en las universidades alemanas del siglo XVI. La imagen simbolizaba el triunfo de la tecnología científica del momento, la notación decimal, sobre la obsoleta: el ábaco y los números romanos. El autor de la margarita le atribuye a Boecio la introducción de la notación decimal a Europa. El Dr. Anderson sabe que los banqueros toscanos, piamonteses y romanos financiaron el renacimiento con los dichosos numeritos. Es un experimentalista, sabe sin duda lo que es una herramienta.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt; &lt;img align="middle" src="http://home.uchicago.edu/~juancamilo/ts.png" width="300" height="400"/&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;!-- p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 9.8px Times} span.s1 {font: 9.6px Times} --&gt;
&lt;p&gt;Mientras proyecta el grabado, como leyenda a la imagen lee una anécdota de la época en que en Los Alamos se construía la bomba:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;img height="734" width="566" src="http://home.uchicago.edu/~juancamilo/metropolis%20talk.jpg" align="middle"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Anderson conoce bien unos cuantos trucos de retórica. Para la oratoria y la verborrea, la academia es La Meca, y el Dr. nunca dejó de aprender. Los años de comités y reuniones, lobbys y entrevistas, seminarios, conferencias, charlas, simposios, encuentros, exposiciones, reseñas, artículos, editores y correctores, etc., etc., le habían convertido en un excelente orador. En veintitrés ocasiones diferentes ofreció diversas versiones de la  charla en la que relataba el nacimiento de la era atómica. Para los setenta ya era el más confiable testigo de esa narrativa. La experiencia le había enseñado al doctor que la Historia más que hacerse, se escribe, o se documenta. Por eso nunca le molesto ser El testigo y no el protagonista, porque en el fondo siempre tuvo la última palabra. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Debo oír una charla sobre ciertos átomos muónicos en la que el dr Anderson hace una pregunta al conferencista. Es la única grabación que he podido conseguir; al parecer en Dubna existe una conferencia grabada en filme, pero no es política del archivo del laboratorio ruso prestar sus documentos. De la corta, reverberante y entubada intervención logro imaginar la voz segura con la que el profesor recuerda la competencia numérica europea. Erudito y elegante efectismo. Estocada final subconsciente. Imagino la sonrisa de los que entienden el guiño del dr. Los pocos que leen su astucia y se deleitan, y los que, con sarcástica amabilidad, sonríen cuando el doctor cita un pensamiento de Pasteur como fin de su charla. &lt;em&gt;En cuanto a observación concierne, el azar sólo favorece a las mentes preparadas.&lt;/em&gt; &lt;/p&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1616386414</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1616386414</guid><pubDate>Fri, 19 Nov 2010 00:47:00 -0500</pubDate></item><item><title>Nightmare for Future Reference</title><description>&lt;p class="p1"&gt;La jerga económica se tomó todos los portales del mundo. Vivimos aplastados bajo el yugo de la crisis. El sistema se deshace, el caos invade las pantallas. Mercados explotan como pompas de jabón por toda la red. Felices los que predijeron tan estrepitoso colapso se vanaglorian de su acierto frente a las cámaras. Click, Click, Click. Para ellos no hay crisis. Conferencias, entrevistas, libros, premios. Han predicho el futuro. Los que no previeron tan normal comportamiento del mundo capitalista se escudan en teorías posmodernas que ni ellos mismos creen. &lt;em&gt;Dejen caer las instituciones bancarias, dejen que se acabe todo&lt;/em&gt;. Protestan, discuten, debaten. Los gobernantes del mundo se juegan sus puestos de trabajo a cada paso que dan, de cada una de sus decisiones dependerá el futuro de todo el aparato económico. La opinión pública presiona, pero más presiona el sistema financiero. ¡Sálvenlo todo! El objetivo tácitamente asumido es revertir la crisis, a cómo de lugar. Re-establecer el orden anterior a la crisis. ¡Sálvenlo todo! &lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;&lt;img align="middle" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/EraseRewind.png"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Pero a la larga, crisis o no crisis, todo sigue igual … o peor. Los platos rotos se delegan de arriba hacia abajo. La cagan los niños empericados de Wall Street y baja el precio de las horas de cátedra de humanidades en las universidades del midwest. Y pensar que aún se debate el libre mercado.  Bien vista, la crisis no es más que una rétorica mediatica para justificar despidos masivos y reducciones de sueldo generalizadas. Yo he preferido renunciar a mis horas de profesor que se han devaluado tanto como han subido las matriculas universitarias. Ahora es finalmente oficial, mi ocupación principal es la de archivista, no está mal, a la larga es dónde todo historiador alcohólico termina, y yo siempre he sido precoz. La verdad es que no hay soledad como la del archivo. Especialmente a la hora de almuerzo. Por dos horas los únicos testigos de mi existencia son los papeles de mis muertos ilustres. Por dos horas no existo y sólo me devuelve al mundo el taconeo de Laura que empuja su carrito incansable y periodicamente -algún día debería hablar de los tacones de Laura, por el bien del lector y del escritor, que a la larga son uno mismo … basta ya, perdón, deformación profesional, impasse que me niego a borrar por falta de honestidad. Le pido al estimado lector me disculpe, pero a veces me es difícil controlar el no irme por las ramas, seguir el hilo de pensamientos que se conectan por medio de sinapsis secretas, plásticas, por efecto del algún olor lejano, de un pedazo de canción que nos recuerda toda una forma de nuestro ser que acaso dejó de ser, un tono de luz que nos trae subitamente la sensación exacta de una tarde cualquiera de diciembre. Pronto comenzaré a trabajar en los papeles del señor Szilard, uno de los fundamentales partícipes del Manhattan Project. No son más de dos cajas pero por lo que he podido rastrear tiene un par de entrevistas bastante interesantes. Yo, joven entrenado del otro lado del hemisferio, amante del recobeco y de la intrahistoria, debo confesar que me produce un cierto placer morboso el poder entrometerme en la intimidad de un hecho histórico por la puerta de atrás, o por el sótano que es peor. Digo pronto pues al parecer todavía no domino el oficio suficientemente y por el momento me entrenan con los papeles de la familia Myers: ex alumnos de la universidad pertenecientes a la &lt;em&gt;generación perdida, &lt;/em&gt;amigos de poetas y artistas (Hemingway, Fitzgerald, Stein, etc.). Colección corta, pero rica en cartas y fotos de la intelectualidad norteamericana de principio de siglo XX, Todo está restringido pues los derechos sobre Todo los poseen los herederos de la familia. Nada es publicable ni accesible -la razón de tanto celo es igualmente impublicable y reposa en el folder dos de la caja dos. Un cuarto de la colección la componen cartas y fotografías de la poeta Rosemary Carr (Foto 1) -mejor amiga de la señora Alice Lee Myers (Foto 2)- quien en los años veinte era corresponsal del Chicago Tribune en Paris. Justamente porque la señorita Carr conoció en Paris al escritor Stephen V. Benét, se enamoró de él (Foto 4), se casó con él, tuvo dos hijos con él; y justamente porque él se convirtió en el autor estadounidense más respetado en su momento, escribió un poema que conmovió ostensiblemente al señor Szilard (lo adjunto más abajo), tanto que lo impulsó a escribirle una carta que lo conmovió a su vez a él, justamente por toda esa minucia y porque Benét le relata a Rosemary el hecho en una carta que fue salvada por Alice, justamente por todo esto es que la referencia de la colección de la familia Myers se cruza con la de la colección Szilard. Y aunque mi jefe desconoce la minucia, el que el computador le diga que las referencias se cruzan y que la colección Myers es corta -e inservible por restringida- es suficiente para que ella me la asigne, y yo pueda hacerle quite a la crisis leyendo los poemas de Benet de su misma pluma -privilegio que me da este archivo y un secreto familiar.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/0.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="Rosemary Carr" height="190" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetA.png"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/1.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="Alice Lee Myers. 1926" height="190" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetB.png"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/2.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="Stephen V. Benét and Dick Myers. 1940" height="190" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetC.png"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/3.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="Stephen y Rosemary, Paris. 1922" height="190" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetD.png"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/4.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="Ipad Illustration" border="2" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetE.png" width="280"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;a href="http://www.juancamiloacevedo.net/images/5.Benet.jpg"&gt;&lt;img alt="iPad Illustration" border="2" src="http://www.juancamiloacevedo.net/images/benetF.png" width="280"/&gt;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;&lt;strong&gt;Stephen Vincent Benét&lt;/strong&gt; (Julio 22, 1898 – Marzo 13, 1943) era un hombre enjuto que siempre tuvo cara de estudiante de letras. Fue un escritor prolífico y tuvo un considerable éxito comercial y crítico. A pesar de ello su escritura era difícil y su estilo ligeramente sofisticado. Estudió literatura inglesa en Yale justo en la época en que ésta universidad se consolidaba como la primera institución literaria en el continente. Thornton Wilder, otro escritor de menor valía pero mucho más celebre que Benét, lo recordaba como el cerebro del Yale Lit. Su conocimiento técnico de la ficción lo hacía genial en la literatura corta, lo cuál se adaptaba a su tendencia hacia la fantasía y el sci-fi. Tristemente sus obras más recordadas no son sus mejores páginas y están impregnadas de un nacionalismo apenas natural en los treinta pero empalagoso para el lector de la segunda mitad del siglo XX. &lt;em&gt;Hasta los símbolos se gastan. Los colores pierden vida al sol&lt;/em&gt;. De Benét no he podido encontrar nada de valor en la biblioteca entera. Lo cuál no es de sorprender, la poesía y la ciencia ficción ocupan un lugar bastante terciario en los departamentos de inglés, donde a su vez lo que más se lee son autores contemporáneos franceses. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Leo Szilárd, nacido en Hungría, se encontraba en Nueva York, en la Universidad de Columbia, la primera vez que leyó &lt;em&gt;Nightmare for Future Reference&lt;/em&gt;, un poema de Benét al que habría llegado por pura casualidad. En una carta fechada el trece de diciembre de 1939 y dirigida a Enrico Fermi, después de  diez párrafos de especulación científica, Szilard relata su impresión de la lectura: “Tuve que salir de mi apartamento. Llovía y no tenía paraguas. Sabía que me iba a enfermar, siempre me enfermo cuando me mojo desde que estoy en America. Pero tuve la necesidad de caminar, la idea de que todo lo que creía estaba mal me invadió de modo asfixiante y tuve que refugiarme en medio de la ciudad. Ahora que te escribo, Fermi, tengo fiebre pero estoy mejor.” La correspondencia habitual entre los dos científicos es escasa y seca, la confesión es sorprendente. Tres semanas más tarde, Benét envía una carta al físico húngaro. Según lo indica el autor, escribe en respuesta a una carta de Szilard fechada del 19 de diciembre.  El tono de la respuesta es amable, pero es claro que el escritor no tiene ningún interés en continuar su comunicación con Szilárd. Sin embargo, y quizás como gesto de respeto o desprecio, el escritor incluye una postal que muestra una parodia gráfica del, en ese entonces semidesconocido, &lt;em&gt;American Gothic&lt;/em&gt;. En la posdata, Benét se refiere a esa postal como a otra variación del mismo relato que había deleitado al físico y  que creía le causaría, si bien no una reflexión, sí al menos un poco de gracia. &lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;img height="600" src="http://home.uchicago.edu/~juancamilo/gothic.jpg" width="500"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;En la postal no hay información alguna sobre el autor de la parodia. En los archivos no hay copia de la carta original de Szilard y es difícil especular sobre su contenido. Los archivos de europa oriental sólo contienen documentos de Szilard anteriores a 1933. Sobre el autor material de la postal, todo parece indicar que es el mismo Benét. Es poco probable que el poeta pudiese entender la situación en que se encontraba el biólogo húngaro: una novela lo había llevado a desatar la reacción en cadena que terminaría en la bomba, y ahora su poema le hacía dudar de todo. Un poema le mostraba la lógica perversa de su miedo y lo que éste había desatado. &lt;em&gt;El problema es, Szilard lo sabe mejor que nadie, que la reacción ya pasó el punto crítico. Pronto no habrá nada.&lt;/em&gt; &lt;/p&gt;
&lt;p class="p1"&gt;Pocos años después del corto intercambio entre científico y escritor, Benét moriría  de un paro cardíaco en la ciudad de Nueva York. Era 1943, tenía cuarenta y cuatro años. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p3"&gt;&lt;strong&gt;A Nightmare for Future Reference*&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;em&gt;Stephen V. Benét&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ese fue el segundo año de la Tercera guerra mundial,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;la Guerra entre Nosotros y Ellos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;                                                 Bueno, pues nos hemos acostumbrado.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Nosotros no hablamos mucho al respecto, extrañamente. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Hubo todo tipo de cuentos los primeros años después de la Paz,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Un millón de teorías, un millón de especulaciones,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;un millón de explicaciones esperanzadas y planes,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero ya no hablamos de ello. Ni siquiera preguntamos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Podríamos hacer lo incorrecto. No creo que lo entiendas.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero tienes dieciocho ahora. Los puedes aguantar.  Es mejor que lo sepas.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Verás, naciste justo cuando la guerra estalló,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;¿Quién la empezó? Oh, dicen que fuimos Nosotros o Ellos&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y parecía ser así en ese entonces. No sabes cómo es. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;En cualquier caso, empezó y ya está.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Sólo un poco peor, por supuesto, que la anterior,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero la humanidad estaba acostumbrada a eso. No nos enteramos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Bombardearon nuestra capital, nosotros la suya.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;¿Has estado en las Torres Caídas? Sí, te han llevado allá.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Te han mostrado la faz de la tierra devastada.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero no pueden mostrarte el olor o el gas o la muerte&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;O lo que se sentía estar allí, y ser parte de todo.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero no sabíamos. Juro que no lo sabíamos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Recuerdo el primer tenue indicio de que algo no andaba bien,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Algo superior a todas las guerras y más grande y más extraño,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Algo que no podías explicar.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                      Estaba de permiso&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;-Raro cómo te sientes de permiso, como siempre te has sentido-&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero fui a ver al Jefe al hospital, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y allí estaba, en su viejo laboratorio, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Un poco más viejo, un poco canoso, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero los mijos ojos que te atravesaban y la misma lengua.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;No lo habían podido tocar –ni las bombas&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ni la ruina del trabajo de toda su vida, ni nada.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Me hizo un guiño desde detrás de sus lentes&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y dijo, “¡Ja! Eres tú. No me dejan tener ratones&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Salvo para trabajo de guerra, pero me robo algunos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y me han hecho coronel –esperan que haga el saludo militar.-&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Malditos imbéciles. Una imbecilidad. No entiendo cómo. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;¿Te has enterado de lo que hizo Erickson con los glándulas endocrinas?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Las revistas están cuatro meses tarde. Siéntate y fuma.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y lo hice y me sentí en casa.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                           Fue un gran hombre.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Quizás lo recuerdes –y yo había trabajado con él.- &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pues finalmente me dijo: ”¿Cómo está tu chico?”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; “Eh, saludable,” le dije. “Tenemos suerte.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                         “Sí,” dijo&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y una arruga le cubrió el rostro. “Tal vez hasta crezca,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Aunque los intervalos entre las guerras se acortan.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Me pregunto si no simplificaría las cosas&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Declarar a la humanidad en estado de sitio permanente.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Podría meter algo de cordura en sus cabezas.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                         “Estás alegre,” le dije.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Oh, siempre estoy alegre,” dijo. “¿De paso, has visto éstas?”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y señaló unas tablas sobre la mesa.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                          “¿Visto qué?” pregunté.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Oh,” dijo con esa macabra sonrisa suya que le cubría la cara,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Nada más las estadísticas normales de la ciudad: muerte y nacimiento.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ahora eres soldado. No te interesaran.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero la tasa  de nacimientos está cayendo.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                      “Pues, en realidad, señor,” le dije,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Sabemos que siempre se cae, en cada guerra.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; “Pero no así,” me dijo. “Te puedo mostrar la curva.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Parece el perfil de una montaña, yendo hacia abajo.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y más rápido los tres meses pasados –bastante más rápido.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Se lo mostré a Lobenheim y quedó confundido. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Es un buen problema -¿si?” Me miró. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; “Será mejor que hagan la paz,” dijo. “Será mejor que hagan la paz.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; “Pues Señor,” le dije,  “si logramos abrirnos paso, en la primavera …”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;“¿Abrir paso?” dijo. “¿Qué es eso? Será mejor que hagan la paz.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Las estrellas pueden estar cansadas de nosotros. No, no soy un místico.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Eso se lo dejo a los grandes científicos de las malas novelas.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero nunca vi una curva de natalidad tan rara.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ojalá pudiera llegar hasta Ehrens, de su lado.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Él me diría la verdad. Pero los imbéciles no me dejan.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sus ojos parecían cansados mientras miraba cuidadosamente las tablas.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Supón que no hay más bebés” dijo. “¿&amp;#160;Y entonces? &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Es una forma de solucionar el problema.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                         “Pero señor -¨dije.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“¡¿Pero señor?! dijo. “Me podrías decir, por favor, ¿qué es la vida?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;¿Por qué la dan, por qué la quitan?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Oh, lo sé –hacemos una gelatina en un tubo de ensayo,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Mantenemos un corazón de pollo viviendo dentro un jarro.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Sabemos un montón de cosas, ¿y qué sabemos?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Creemos conocer lo que mató a los dinosaurios,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero ¿lo conocemos? Quizás les dieron una oportunidad&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y se las quitaron. Hay otras bestias&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;qué sólo matan para su sustento. No, no soy un místico,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;pero hay un cierto patrón en la naturaleza, ¿sabes?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y lo estamos alterando diariamente. Comer y joder&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y después de eso volver a la tierra, y eso está bien.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero ahora estamos volando y enfermando a la tierra misma.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ella ha sido muy paciente con nosotros. Me pregunto por cuánto tiempo.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Bueno, pues creí que el Jefe se había enloquecido, al principio,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y después recordé la vista de la tierra desierta,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ese amargo paisaje, picado como la luna,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Sin vida como la cara de la luna y horrible,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Lo que hicimos con las armas.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                  Si fuera tierra,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;parecía como si sintiera odio.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                 “¿Enconces?” dije,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y mi voz salió un poco débil. Me miró duramente.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;“Oh; pregúntale a las mujeres,” gruñó. “No me preguntes a mi. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pregúntales a ellas qué piensan al respecto.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                   Yo no les pregunté,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ni siquiera a tu madre –ella estaba rara, esos días-&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero dos semanas después, estaba de vuelta a las líneas&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;y alguien me envió un papel &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;-palabras de aliento para las tropas y todo lo demás–&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Todo acerca de la caída en la Tasa de nacimiento en Su lado. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Supongo que ahora lo sabes. Aún hubo un día más en el que luchamos,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;al día siguiente las mujeres supieron. No sé cómo lo supieron,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero destruyeron a todos los gobiernos del mundo&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Como una montaña de platos rotos, en dos días, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y ya habíamos parado de disparar. Y nos miramos el uno al otro.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;No hablamos mucho, esas primeras semanas. No podías hablar. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Comenzamos con la reconstrucción y eso fue todo,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y al principio nadie siquiera tocaría las armas,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ni siquiera para derretirlas. Se quedaron ahí, calladas,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;apuntando como siempre, y nadie ahí.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y había una especie de locura en el aire, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Una silenciosa, desconcertada locura, extraña y tímida. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Te cruzarías con uno que iba murmurándose algo a sí mismo&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y sabrías qué estaba murmurado y por qué. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Recuerdo volver a casa y tu madre ahí. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Me miró, al principio ni una palabra,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y luego  me dijo, “Quema esa ropa. Quitatela y quemala&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;O nunca te volveré ni a tocar ni a hablar.”&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ahí me enteré que todavía tenía el uniforme puesto. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Bueno, pues ya te lo he dicho. Dicen que ahora tienes dieciocho.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;No tiene sentido contarlo antes de eso.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt;&lt;/span&gt;                                                         ¿Entiendes?&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Por eso tenemos el Ritual de la Tierra,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;El día del pesar, las otras ceremonias.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Ah, sí, al comienzo la gente odió a los animales&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Porque todavía parían, pero lo superamos.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;De pronto lo harán mejor, cuando sea su turno,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Si es su turno –no lo sé-. No tengo idea.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Puedes llamarlo virus, por supuesto, si te gusta la palabra,  &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero no lo hemos podido encontrar. Todavía no. No.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;No es como si hubiese sucedido todo a un mismo tiempo.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Nacieron algunos chicos en los últimos seis meses&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Antes del final de la guerra, así que aún hay esperanza.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Aunque ya casi han crecido. Ese es el problema. Ya casi han crecido.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Bueno, pues duramos un buen tiempo. Eso es algo. Al principio creyeron&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;podría haber una nación en algún lado -una tribu salvaje.-&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero estábamos todos en lo mismo, hasta los esquimales,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y mantuvimos los juguetes, las tiendas, y los libros de colores, &lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Y la gente se casa y planea y todo lo demás,&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;Pero, ya lo ves, no hay chicos. No nacen.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p4"&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-tab-span"&gt; &lt;/span&gt;[1938]&lt;/p&gt;
&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span&gt;*Traducción de Juan Camilo Acevedo&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;!--EndFragment--&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1302702067</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1302702067</guid><pubDate>Tue, 12 Oct 2010 21:33:00 -0400</pubDate><category>literatura</category><category>español</category><category>benet</category><category>sci fi</category><category>ciencia</category></item><item><title>Bala Perdida</title><description>&lt;p&gt;Colombia es una herida de la que es mejor no hablar&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;*Extracto del libro &lt;em&gt;Nanopoemas&lt;/em&gt;, de Juan Camilo Acevedo&lt;/p&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1039784780</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/1039784780</guid><pubDate>Mon, 30 Aug 2010 21:32:00 -0400</pubDate></item><item><title>Adiós Bertica</title><description>&lt;p&gt;&lt;span&gt;ESCENA 1&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;span&gt;Dos personas sentadas una frente a la otra. Una, la primera, tiene el gesto &lt;span&gt;compungido&lt;/span&gt; y no para de hablar. La otra mira fijamente, absorta, no parece poner ningún filtro al aluvión de palabras de su interlocutor, en su mano se puede ver un trozo de comida que va lentamente siendo engullido. La primera se toma un café que deja una visible capa marrón en sus dientes. No lo saborea, lo pasa como si fuera alcohol, cada sorbo un tiro. Es evidente cuando su discurso alcanza el clímax y comienza a hacerse cada vez más lento. La caída es rápida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: ¿Usted qué cree?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: Lo mismo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: Claro, es que es horrible.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: Sí &amp;#8230; &lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;em&gt;(una porción minúscula de comida que cuelga de un labio viene caer con resignación a la mesa, la misma resignación con la que el dueño de esa boca termina su frase)&lt;/em&gt;&amp;#8230; &lt;/span&gt;&lt;span&gt;horrible&lt;/span&gt;&lt;span&gt;.&lt;/span&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: No hay derecho.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: Sí &amp;#8230; es horrible. &lt;/span&gt;&lt;em&gt;(Su atención se fija en el trozo final de su bocadillo)&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: ¿Se puede parar? &lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;em&gt;(Se da cuenta que ha perdido la atención de su interlocutor y se prepara a retomarla)&lt;/em&gt;.&lt;/span&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: No sé.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: Trate.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: ¿Y, si no puedo?&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: Tenemos que ir a trabajar. &lt;/span&gt;&lt;em&gt;(La palabra trabajo devuelve a los dos sujetos a la realidad y en &lt;strong&gt;cámara lenta&lt;/strong&gt;&lt;span&gt; se paran de la mesa. Los movimientos &lt;span&gt;contorsionan&lt;/span&gt; sus cuerpos dejando ver las consecuencias de la sedentarización)&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;em&gt;PERSONA 2: Horrible, ¿no?&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 1: Sí &amp;#8230; horrible. &lt;/span&gt;&lt;em&gt;(El recuerdo de su mamá se refleja en sus ojos)&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;PERSONA 2: Debería ser, para todos los mismo. Desde la señora del café, hasta el gerente. &lt;/span&gt;&lt;em&gt;&lt;span&gt;(Las dos personas disfrutan la afirmación, tiene el sabor de la tarea escolar perfectamente respondida, con cara feliz al final y signos de exclamación. Sonríen. Quedan así, congelados. Un recuerdo lejano les embarga el corazón)&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;span&gt;La escena se repite. Día tras día, tarde tras tarde. Sin descanso, metódica y mecánicamente. Sin distinción de clase, raza o religión. Otras escenas también se repiten, paralelas, constantes. Y el problema no es que nunca se defina que es “lo mismo”. El problema es más sutil. El problema es que la señora del café es una categoría claramente &lt;span&gt;identificable&lt;/span&gt;, plástica, estática, que por demás precede al “para todos lo mismo”. &lt;span&gt;Bertica&lt;/span&gt;, &lt;span&gt;Martica&lt;/span&gt;, &lt;span&gt;Sandrita&lt;/span&gt;. Atiborrada de significado a pesar de que su principal connotación es la precariedad. Su nombre sólo se pronuncia en diminutivo, siempre en diminutivo. A la imagen la completa un dispositivo visual: en las oficinas les proveen uniformes como los de las mucamas de las películas de los cincuenta, a las de las casas les dan uniformes de enfermera. Ellas llevan los tintos y limpian la oficina. Son el foco de lastima de su lugar de trabajo. Todos las compadecen. Siempre mujeres y siempre chiquitas. Todas pobrecitas. La señora de los tintos, el celador, el mensajero. Los oficios del vituperio y del pesar, los rescoldos del siglo XIX. Día a día una más muere en algún lugar el mundo. La reemplaza un máquina venida de China. No es una muerte triste ni feliz. Es un adiós. Es la muerte de un símbolo. Adiós &lt;span&gt;Bertica&lt;/span&gt;, nunca te dejaron participar, los unos y los otros te tuvieron lástima. De un lado y del otro, te vieron con culpa, pero nunca te respetaron. Hicieron guerras en tu nombre pero te creyeron estúpida. Adiós &lt;span&gt;Bertica&lt;/span&gt; y tu café. Te vas con los maleteros del aeropuerto en sus uniformes de mono de circo. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;img src="https://lh5.googleusercontent.com/AxYpNV6qZAkM2qYO7ymF61ngaZqMhAQeeDS9XLmjwDmGwzzYv-Dtc1U6VDwko-hIrm4RplRQkCsH6M0s9fLy7UP1_r15lWcxhh4zG7cwIlNsIqIy4g" width="600px;" height="450px;"/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;***&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;span&gt;&lt;span&gt;Apuro el último sorbo de café que me queda. Las dos personas de la mesa de enfrente se terminan de parar y se van. En las dos caras se dibuja el tedio matutino. Miro a la máquina que me ha dado mi café en lata. Me devuelve su irónica inmovilidad. Sus tripas de mentira me hacen reír. Debo volver al cementerio de archivos y seguir trabajando. Pronto me reemplazara una máquina.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/970022613</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/970022613</guid><pubDate>Tue, 17 Aug 2010 22:11:00 -0400</pubDate></item><item><title>El coronel Stephenson </title><description>&lt;p&gt;&lt;p class="p1"&gt;Harry Walker Dermid de 56 años, originario de Hendersonville, Carolina del Norte, despertó de pésimo humor. Soñó toda la noche que su mujer, Emily, destapaba un tarro de mantequilla de maní tras otro y los dejaba abiertos sobre el mostrador de la cocina. Mientras que lo hacía se reía tiernamente, él intentaba gritar pero la boca no se le abría. Harry odiaba que su mujer dejara el tarro de mantequilla abierto sobre el mostrador pues los gatos terminaban por comerse todo el contenido además de dejar las huellas por toda la casa. Llevaban veintiséis años de casados y si bien el señor Dermid había aprendido a aceptar ese descuido insignificante de su esposa, éste nunca había dejado de molestarlo. La rutinaria persistencia del problema se lo había convertido en algo así como en la visita constante de un familiar molesto. Para Harry que, según el mismo decía, se la pasaba mucho tiempo pensando, el descuido se le había transformado en el símbolo mismo de su relación. Cuando las cosas iban  bien, el señor Dermid, veía con ternura el hecho y le recordaba que a pesar de todo amaba profundamente su esposa; cuando las cosas iban mal, en el tarro de mantequilla de maní se condensaba todo lo que Harry calladamente le reprochaba a Emily. La aparición del tarro en los sueños había comenzado después del primer año de matrimonio. Desde entonces, había sido tan esporádica como impredecible pero siempre, en esas noches, Harry roncaba mucho más duro que de costumbre. Por eso, esas noches, Emily poco podía dormir. Las mañanas posteriores eran agrias. Sin embargo, el tiempo les había enseñado a identificarlas rápidamente de modo que los dos se calmaban a regañadientes frente a un plato de tocino que, previo compromiso, debían comerse antes de continuar hablando. Usualmente no tomaba más de tres bocados y ya estaba todo solucionado. Pero esa vez los dos iban tarde para el trabajo. Cuando Harry salió dando un portazo de la casa, de adentro se oyó que Emily gritaba: “Have a nice day, Jerk!”. Él conocía su ruta al trabajo mejor que cualquier otra cosa. Era el único momento del día que sabía que estaría solo y podía pensar. Pero esa mañana, en vez de esquivar la inmensa raíz que se había apropiado del cruce con la autopista 64, pasó sobre ella con descuido. El timón haló bruscamente hacia la derecha, Harry, que venía aletargado decidiendo si se devolvería a darle un beso a su esposa o no, se paralizó por un instante de tiempo que consideró larguísimo. Medio segundo después, cuando recuperó el control del coche y entró a la autopista, oyó el chillido ensordecedor de unos frenos, seguido del crujir de una cascara de huevo gigante. Miró por el espejo retrovisor y vio que otro coche yacía volcado al otro lado de la autopista. El resto del día será siempre borroso para el señor Dermid que sólo puede recordar que cuando bajó de su auto el olor a caucho quemado le produjo náuseas. En el otro automóvil venía el coronel retirado Bill Stephenson, de 80 años de edad, originario de Tenneessee, y quién infortunadamente moriría instantanámente. Esa misma noche, el Shérif de Hendersonville dejó en libertad a Harry Walker Dermid sin ningún cargo. Sabía que en las oficinas del condado estaban las tres peticiones que el señor y la señora Dermid habían hecho  para que arreglasen el problema de la raíz en el cruce con la 64. Una semana después, una semana de silencio y depresión, Harry se enteraría por un recorte del periódico quién fue el coronel Stephenson, o como él mismo diría, el hombre al que mató. Al terminar de leer la corta biografía, se levantó de su cama, le dio un beso a su mujer, le dijo que volvería en quince minutos, tomó las llaves del auto y se fue. Cuando volvió, traía dos tarros de mantequilla de maní, le dio uno a ella y escondió el otro en la nevera, detrás de la cerveza. Después fue al garaje tomo sus herramientas y se fue a cortar la maldita raíz. Toda la noche le tomó a Harry destruir el grueso bejuco. Toda la noche se disculpo con el coronel mientras se repetía que el hombre ya estaba viejo y tenía Parkinson. En ninguna de esas doce horas de trabajo supo que la raíz que cortaba era Kudzu, planta que había sido introducida a la Florida precisamente por el coronel. No sabía que destruía la única evidencia de que él era tan culpable de la muerte de Stephenson como el coronel mismo. Despertó en medio de sus herramientas en plena calle, al lado de los restos de la raíz. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/batcave1.jpg" width="250"/&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/batcave2.jpg" width="200"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;William Alexander Forsyth Stephenson fue un hombre honesto, emprendedor, cuyo principal talento era el manejo de las relaciones públicas y sociales. Participó en hechos de primera importancia en el siglo XX, pero siempre en segundo plano. En las fotos que lo muestran en su casa de Bat Cave, Carolina del Norte, parece modelo para un catálogo publicitario de los sesenta. No tuvo amantes, y la relación con su esposa, quién aceptaba cómodamente su vida ama de casa, fue, exagerando muy poco, inmejorable. Tuvo una carrera brillante en la administración pública como parte del equipo de jóvenes trabajadores que organizó Roosevelt para la ejecución del &lt;em&gt;new deal&lt;/em&gt;. Como todo newdealer tenía un apodo, &lt;em&gt;Cue Ball.&lt;/em&gt; Según su autobiografía, redactada por un tal Jim Dibdhal, jamás publicada y habitante impoluta de una de mis cajas, habría sido el mismo presidente quién se lo habría dado. De todo el texto, ochenta entusiastas páginas que parecen redactadas por un eufórico Walter Scott suburbano, éste es el episodio más conmovedor. &lt;em&gt;Una mente que respetaba y admiraba, reconocía con una elegante metáfora mi más grande talento. Pocos veces me he sentí parte de algo tan importante y decisivo … esa fue una de ellas. &lt;/em&gt;Antes de llegar a Washington, Stephenson habría comenzado en un trabajo nocturno de reportero en el Chicago Tribune. Su función, si bien rimbombante, era metódica, exigente y pésimamente pagada: debía reportar todos los crímenes nocturnos del sur de Chicago. De día estudiaba ciencia política en la Universidad de Chicago, de noche seguía las andanzas del crimen organizado por los traficantes del alcohol. Durante los tres años que duró su carrera universitaria, el coronel Stephenson nunca faltó a su trabajo. De lunes a viernes se presentó en la estación de policía número uno, calle State con 18 Sur, a tiempo y bien vestido. Durante tres años, aguantó el gastado humor de los agentes que lo molestaban invariablemente, resistió el cansancio y el pésimo café de la estación. Resistió el sueño, el frío agudo de la ciudad, y vivió de cerca la prohibición. Infortunadamente, en sus archivos, no existe prueba alguna de este trabajo aparte de ciertas cartas en las que, precisamente, el coronel solicita a los archivistas del periódico alguna constancia de su paso por el diario. Ninguna de las consultas tuvo éxito.  &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;En 1940, después del paso por Washington, a Stephenson le fue asignada la re-organización del sector eléctrico de la Florida –concentrado bajo la Florida Power Corporation. Una de las singularidades del panorama que se le presentaba a Stephenson era que la diferencia de costos entre el enfriamiento y el calentamiento de las residencias era abismal. En otras palabras, los dos días al año que los residentes de la Florida necesitaban calefacción el consumo de energía era el mismo que el del resto del año sumado. Stephenson, según relata en una carta a su amigo Frank Trippet (un tipo de mediocre fama como columnista de la Time y de ninguna fama como escritor, a pesar de ser inteligente y hábil con la Olivetti), pensó que si una nevera podía mandar el frío hacia adentro y el calor hacia fuera, revertir el proceso sería una problema menor. Desde el primer momento supo que la idea no arreglaría el problema eléctrico del estado, cuyo principal problema era ser obsoleto, pero sí que tenía un inmenso potencial comercial. Durante tres semanas &lt;em&gt;Cue Ball&lt;/em&gt; trabajó secretamente en los insípidos laboratorios de la Florida Power diseñando la válvula que lo haría rico. No paró de trabajar ni una sola noche. Sabía que si paraba la duda lo embargaría y no terminaría su proyecto. Una ligera paranoia lo fue invadiendo y decidió no contarle nada a nadie. Sabía que no hacía nada ilegal o inmoral, pero conocía de cerca la guerra de patentes y estaba decidido a no bajar la guardia. La válvula se hacía cada vez más real y el miedo aumentaba proporcionalmente. Sabía que funcionaría y eso lo estaba volviendo loco. Tan pronto la terminó, tomó su carro, se fue al pueblo lejano más cercano y envió un telegrama con su diseño a una firma de ingenieros californiana. Esa noche se quedó en un sucio Motel de carretera. Esa noche terminaban las tres semanas de mentiras a su esposa.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="left" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson1.jpg" width="200"/&gt;En el acuse de recibo a su correo, después de una calurosa y burocrática introducción, el ingeniero de nuevos proyectos Peder Hinderlie le decía que la firma estudiaría la propuesta. Stephenson esos días poco podía mantener su recato, ya se sentía como un Edison y, sin dudar que la firma patentaría su diseño, le contó a su esposa que pronto se harían ricos. A ella, que no se había sumergido en la construcción de la válvula cómo la había hecho él, la invención se le presentaba como otro de los infinitos proyectos de su esposo. La señora Stephenson miraba el mundo en crisis y guerra, y poco o nada podía entender de lo que su marido le decía. Por momentos, cuando él le hablaba del invento, ella prefería pensar que en vez de válvula, su esposo tenía una amante y sólo usaba el artefacto como excusa, lo cuál era mejor que pensar que estaba loco. En cualquier caso, la construcción de la válvula tendría que esperar al final de la guerra. Al poco tiempo de recibir la respuesta de Hinderlie, Stephenson fue asignado  a la escuela de gobierno del ejercito de los Estados Unidos, en Virginia. Rápidamente fue enviado a Europa a servir en el campo de batalla. Vivió el Día D, la liberación de París y el final de la campaña africana. Su principal aporte fue el diseño e implementación de los gobiernos temporales en las tierras “liberadas”. Por la naturaleza de sus misiones siempre estuvo en los cuarteles de los más altos mandos. En el de Londres, su sugerencia de que de Gaulle entrará a París primero que los americanos, tuvo un acogida general porque era básicamente lo que todos pensaban. Stephenson mismi le dio la orden a su amigo Lev Weinstein de entrar con el general francés a la capital como único representante del ejercito americano en el desfile marcial. Treinta años más tarde Jacques Chiracq, en ese entonces alcalde de París, les daría una galardón especial a los dos viejos veteranos americanos. &lt;img align="right" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson2.jpg" width="250"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p3"&gt;Stephenson volvió de la guerra con la seguridad del triunfo y muchos recuerdos que preferiría no tener. &lt;em&gt;En las noches frías siempre tengo pesadillas en las que quedo solo en las playas de Normandía rodeado de soldados muertos&lt;/em&gt;. Para su fortuna, en casa lo esperaba una carta de Hinderlie: su válvula sería construida y patentada. Dejó su posición en el gobierno y, ahora como coronel retirado, creó una corporación que dedicó a explotar el uso sobre la patente que, poco tiempo después de creada, se concentró en la fabricación de transporte industrial temperaturizado. El modelo estrella de la Bronquida Corporation fue el &lt;em&gt;Polarcar&lt;/em&gt;,  la primera heladería sobre ruedas en funcionar de modo eficiente sólo con gasolina. Ese, sin duda, sería su más difundido y amado aporte a la humanidad, pero Stephenson apenas si lo nombra en sus memorias. La historia aparece en la carta que el coronel remite al Departamento de Energía de Florida relatando su participación en la Florida Power. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p3"&gt;&lt;strong&gt; &lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson3.jpg" width="250"/&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson4.jpg" width="200"/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p3"&gt;La foto del primer Polarcar es nítida y lo presenta tristemente solo, recién salido de fábrica. Me lo imagino rodeado de niños como lo vi tantas veces en los programas de televisión gringos llegados veinte años tarde a mi banana republic. Vuelvo a la carpeta, sonrío, me alegra conocer la vida del inventor del Polarcar. En ese momento me parece un hombre ilustre. Pero vuelvo al archivo y unas carpetas más adelante Bill Stephenson regresa a su habitual medianía. En la boca me queda el sabor de las paletas de pura pulpa de fruta que vendían en la casa catorce de mi conjunto residencial y que nos comíamos un poco a desgano porque eran la única opción que teníamos.  El polarcar, viejo invento, que veíamos en la tele, nunca visitó nuestras casas. Y cada paleta que devorábamos siempre sería como una copia incompleta de un mundo que sólo nos daba símbolos en la pantalla, maquinas geniales futuristas  y reales, pero ya obsoletas en otras latitudes y que nosotros nunca habíamos visto. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="left" height="146" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson5.jpg" width="240"/&gt;Después de enriquecerse con su corporación, el coronel se dedicó a ayudar al partido demócrata en la Florida, entre otros oficios que consideraba de tipo filantrópico. En 1956 se lanzó al congreso por el condado de Pinellas, pero no pasó las primarias. El mismo año hizo el lobby completo de una ley que financiaba maestrías en educación a militares retirados para que enseñaran matemáticas en las escuelas secundarias. La Ley fue finalmente presentada al senado por Jack Kennedy y fue aprobada teniendo un relativo éxito en sus primeros años. Después de las guerras de Corea y Vietnam, el programa dejo de funcionar. La ley fue reformada y el único aporte de Stephenson a la legislación moría con ella. Cajas 43 y 44. Los nuevos veteranos no servían para educar, estaban dañados.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;Quizá fue eso, o las continuas negativas a sus aplicaciones a doctorado en Ciencias Políticas, pero la verdad es que en algún momento de los cincuenta, de repente, Stephenson se hizo viejo. O lo hicieron viejo. Era un mundo nuevo y el coronel no encajaba más. Las carpetas de los sesenta son aburridas y monótonas. Aniversarios, celebraciones, y re-encuentros; o peleas cazadas con algún medio de comunicación por alguna nimiedad. Stephenson, retirado y con su corporación liquidada, no paró de usar su máquina de escribir. Escribía a revistas, periódicos, columnistas y profesores con muy diversas inquisiciones. Las cajas 17 a 24 recogen la variopinta correspondencia de esos años. En la 21 se encuentra la estrategia postal masiva iniciada por Stephenson para intentar, sin ningún éxito, corregir los errores históricos de la película &lt;em&gt;Is Paris Burning? &lt;/em&gt; En ésta, su amigo Weinstein era abiertamente omitido en la representación del desfile de entrada a París. “Y por ende, él, el coronel” pienso yo, pero no me decido a tomar partido. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;El último gran proyecto del coronel fue el Kudzu. En la caja 23, junto a un recorte de periódico que le da al coronel una página entera y lo muestra al lado de unos matorrales de la planta asesina, está la carta en la que él solicita al departamento de Agricultura de la Florida una historia del mismo. Como en todas sus inquisiciones anteriores, los esfuerzos del coronel intentan obtener algún documento escrito que valide su recuerdo. La introducción del Kudzu, habría sido un gran acierto pues no sólo mantenía a salvo a las carreteras, servía también para alimentar ganado. Sin embargo, su difusión fue poca inicialmente y sólo gracias al esfuerzo del coronel en retiro, dos décadas después, la planta se popularizaría ampliamente en el sur. Yo debo omitir todo guiño a la macabra coincidencia y continuar con mi trabajo, fólder tras fólder, caja tras caja, pero no puedo. Me escondo en el pasillo 23 y me echo a reír, hasta que oigo a otro archivista empujar su carro y vuelvo a mi puesto. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson9.jpg" width="250"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;La pantalla del computador me devuelve una impávida hoja en blanco. Debo escribir una corta biografía (250 – 500 palabras) de Stephenson para la guía de la colección. Me taladra el cerebro el hecho de que Stephenson pasó toda su vejez esperando encontrar las películas en las que se veía al general Patton dando un discurso a los soldados que pelearían en la sanguinaria, y fílmicamente constante, Omaha Beach. Dicho material comprobaría la participación de Stephenson como líder de escuadrón de la segunda de Ingenieros durante el desembarco en Normandía. Sería la prueba de que su participación en la guerra no habría sido meramente burocrática y, quizá, la justificación de tanta pesadilla a mitad de la noche. Los escuadrones de ingenieros fueron los primero en desembarcar. Solos, a merced de las ametralladoras alemanas, debían preparar el terreno para el desembarco general. Era una misión suicida y fundamental, la tasa de mortalidad fue de 18 a 1. Stephenson sobrevivió, pero el material que comprueba su participación nunca apareció.Todos los intentos de encontrar algo son vanos. Para los años setenta, la correspondencia del coronel con el departamento del ejercito encargado del material audiovisual se ha vuelto una cadena de cartas y mas cartas que hacen referencias a otras tantas cartas, anteriores y posteriores. En esa larga y densa cadena se lee una sola pregunta y un sólo dolor.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson7.jpg" width="250"/&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson8.jpg" width="250"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;Código de barras en el exterior de la caja, en el sticker se debe incluir el título de la colección, el número de la caja y CICE, todo en Arial 12pt negrilla. El interior sólo tiene el número de catálogo en la contrasolapa posterior. Pegar uno, pegar dos, cerrar y siguiente. Decido que el Polarcar lo vale, intentaré algo. La narrativa de salvación me saca del tedio laboral y por un momento dejo de estornudar. El polvo de los papeles viejos es el último rasguño de los muertos. Debo convencer a mi superiora de que en los filmes de Patton recae la total relevancia de la colección, es filmes o nada. Si lo logro, ella hará que el CICE mande correos preguntando por los filmes. En esos correos está la última esperanza. Si yo gano y los filmes aparecen, ella gana. Acepta. Yo sonrío. Lo siento, los dos perderemos, lo sé ,pero es el único homenaje que le puedo hacer al coronel. La única forma de decirle que sus inquisiciones no fueron vanas, que entiendo mejor que nadie, lo que significa buscar testarudamente convencer a los demás del valor del trabajo propio. Que su polarcar fue un símbolo y una promesa y que aún años después de su muerte, la historia de su vida es el aliciente para al menos un, al menos uno, soñador.&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;Mientras esperamos las respuestas, comienzo a trabajar en una colección de carteles publicitarios de la feria mundial de Chicago de 1933. Mi cerebro no abandona a Stephenson, lo veo como joven estudiante universitario recorriendo la ciudad durante la feria mundial. Busco a su familia pero no hallo mayor cosa. Una a una llegan las respuestas de los otros archivistas. Nadie encuentra nada. Empujar el carro, pasillo 48, estantería dos, al lado de los papeles de la señora Eleonor Roosevelt, descansa toda la frustración del coronel, preservada del ácido y del hongo.Llego a casa, y me permito el desorden que mi trabajo me niega. Pienso en el Polarcar y sintonizo el canal nacional en la página web pirata. Son las 5 de la tarde y, como hace veinte años, pasan el mismo programa de televisión viejo y repetido. Salgo a la calle y voy a la catorce, compro una paleta de pura pulpa de mora por doscientos pesos y pienso que en el 2010 los carros van a volar y que sin duda habrá marcianos en las calles. &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;***&lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;Martes, llego tarde al trabajo. Mi jefe me llama. En el camino alisto una excusa por haber llegado tarde. Me dice que llegó el último correo que esperábamos. No encuentran nada. Me mira con desilusión. Voy al pasillo 15 tomo la caja 3, estantería dos, abro el último folder y meto la última negativa.  Buenas noches coronel, salúdeme a los marcianos.   &lt;/p&gt;
&lt;p class="p2"&gt;&lt;img align="middle" src="http://juancamiloacevedo.net/images/Stephenson10.jpg" width="400"/&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;
&lt;!--EndFragment--&gt;&lt;/p&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/727046018</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/727046018</guid><pubDate>Tue, 22 Jun 2010 22:50:00 -0400</pubDate><category>literatura</category><category>español</category><category>arte</category><category>siglo xx</category></item><item><title>"How on earth did anyone get the idea that people can communicate with one an­ other by letter! Of a..."</title><description>“How on earth did anyone get the idea that people can communicate with one an­ other by letter! Of a distant person one can think, and of a person who is near one can catch hold-all else goes beyond human strength. Writing letters, however, means to denude oneself before the ghosts, something for which they greedily wait. Written kisses don’t reach their destination, rather they are drunk on the way by the ghosts. It is on this ample nourishment that they multiply so enor­ mously. Humanity senses this and fights against it and in order to eliminate as far as possible the ghostly element between people and to create natural communication, the peace of souls, it has invented the railway, the motorcar, the aeroplane. But it’s no longer any good, these are evidently inventions made at the moment of crashing. The opposing side is so much calmer and stronger; after the postal ser­ vice it has invented the telegraph, the telephone, the radiograph. The ghosts won’t starve, but we will perish.”&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; - &lt;em&gt;Kafka&lt;/em&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/424446850</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/424446850</guid><pubDate>Wed, 03 Mar 2010 12:40:00 -0500</pubDate></item><item><title>"This stems from, on the one hand, the dislocation and dissemination of the ‘traditionally modern’..."</title><description>“This stems from, on the one hand, the dislocation and dissemination of the ‘traditionally modern’ circuits of knowledge, and on the other hand, the new modes of production and circulation of languages and new writings which emerge from electronic technologies, especially the Internet. We thus find ourselves faced with a new cultural and political scenario which could be strategic. Firstly, this new scenario could lead to the transformation of an education system which is at present exclusionary in both qualitative and quantitative terms, and is deeply anachronistic in relation to the mutations that our everyday cultures are going through. Secondly, it could mean that the democra- tisation of our societies reaches the cultures of the majority, allowing populations to appropriate for themselves, within their own cultures, new knowledges, languages, and writings.”&lt;br/&gt;&lt;br/&gt; - &lt;em&gt;&lt;p&gt;Jesús Martín Barbero&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Bogotá, July 2006 Translated by Claire Taylor&lt;/p&gt;&lt;/em&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/409295457</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/409295457</guid><pubDate>Wed, 24 Feb 2010 11:51:00 -0500</pubDate></item><item><title>Photo</title><description>&lt;img src="http://25.media.tumblr.com/tumblr_kxnm71McUb1qzz2g9o1_500.jpg"/&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;</description><link>http://nosprometieronmarcianos.net/post/382824595</link><guid>http://nosprometieronmarcianos.net/post/382824595</guid><pubDate>Wed, 10 Feb 2010 20:45:00 -0500</pubDate></item></channel></rss>
