Harry Walker Dermid de 56 años, originario de Hendersonville, Carolina del Norte, despertó de pésimo humor. Soñó toda la noche que su mujer, Emily, destapaba un tarro de mantequilla de maní tras otro y los dejaba abiertos sobre el mostrador de la cocina. Mientras que lo hacía se reía tiernamente, él intentaba gritar pero la boca no se le abría. Harry odiaba que su mujer dejara el tarro de mantequilla abierto sobre el mostrador pues los gatos terminaban por comerse todo el contenido además de dejar las huellas por toda la casa. Llevaban veintiséis años de casados y si bien el señor Dermid había aprendido a aceptar ese descuido insignificante de su esposa, éste nunca había dejado de molestarlo. La rutinaria persistencia del problema se lo había convertido en algo así como en la visita constante de un familiar molesto. Para Harry que, según el mismo decía, se la pasaba mucho tiempo pensando, el descuido se le había transformado en el símbolo mismo de su relación. Cuando las cosas iban bien, el señor Dermid, veía con ternura el hecho y le recordaba que a pesar de todo amaba profundamente su esposa; cuando las cosas iban mal, en el tarro de mantequilla de maní se condensaba todo lo que Harry calladamente le reprochaba a Emily. La aparición del tarro en los sueños había comenzado después del primer año de matrimonio. Desde entonces, había sido tan esporádica como impredecible pero siempre, en esas noches, Harry roncaba mucho más duro que de costumbre. Por eso, esas noches, Emily poco podía dormir. Las mañanas posteriores eran agrias. Sin embargo, el tiempo les había enseñado a identificarlas rápidamente de modo que los dos se calmaban a regañadientes frente a un plato de tocino que, previo compromiso, debían comerse antes de continuar hablando. Usualmente no tomaba más de tres bocados y ya estaba todo solucionado. Pero esa vez los dos iban tarde para el trabajo. Cuando Harry salió dando un portazo de la casa, de adentro se oyó que Emily gritaba: “Have a nice day, Jerk!”. Él conocía su ruta al trabajo mejor que cualquier otra cosa. Era el único momento del día que sabía que estaría solo y podía pensar. Pero esa mañana, en vez de esquivar la inmensa raíz que se había apropiado del cruce con la autopista 64, pasó sobre ella con descuido. El timón haló bruscamente hacia la derecha, Harry, que venía aletargado decidiendo si se devolvería a darle un beso a su esposa o no, se paralizó por un instante de tiempo que consideró larguísimo. Medio segundo después, cuando recuperó el control del coche y entró a la autopista, oyó el chillido ensordecedor de unos frenos, seguido del crujir de una cascara de huevo gigante. Miró por el espejo retrovisor y vio que otro coche yacía volcado al otro lado de la autopista. El resto del día será siempre borroso para el señor Dermid que sólo puede recordar que cuando bajó de su auto el olor a caucho quemado le produjo náuseas. En el otro automóvil venía el coronel retirado Bill Stephenson, de 80 años de edad, originario de Tenneessee, y quién infortunadamente moriría instantanámente. Esa misma noche, el Shérif de Hendersonville dejó en libertad a Harry Walker Dermid sin ningún cargo. Sabía que en las oficinas del condado estaban las tres peticiones que el señor y la señora Dermid habían hecho para que arreglasen el problema de la raíz en el cruce con la 64. Una semana después, una semana de silencio y depresión, Harry se enteraría por un recorte del periódico quién fue el coronel Stephenson, o como él mismo diría, el hombre al que mató. Al terminar de leer la corta biografía, se levantó de su cama, le dio un beso a su mujer, le dijo que volvería en quince minutos, tomó las llaves del auto y se fue. Cuando volvió, traía dos tarros de mantequilla de maní, le dio uno a ella y escondió el otro en la nevera, detrás de la cerveza. Después fue al garaje tomo sus herramientas y se fue a cortar la maldita raíz. Toda la noche le tomó a Harry destruir el grueso bejuco. Toda la noche se disculpo con el coronel mientras se repetía que el hombre ya estaba viejo y tenía Parkinson. En ninguna de esas doce horas de trabajo supo que la raíz que cortaba era Kudzu, planta que había sido introducida a la Florida precisamente por el coronel. No sabía que destruía la única evidencia de que él era tan culpable de la muerte de Stephenson como el coronel mismo. Despertó en medio de sus herramientas en plena calle, al lado de los restos de la raíz.


William Alexander Forsyth Stephenson fue un hombre honesto, emprendedor, cuyo principal talento era el manejo de las relaciones públicas y sociales. Participó en hechos de primera importancia en el siglo XX, pero siempre en segundo plano. En las fotos que lo muestran en su casa de Bat Cave, Carolina del Norte, parece modelo para un catálogo publicitario de los sesenta. No tuvo amantes, y la relación con su esposa, quién aceptaba cómodamente su vida ama de casa, fue, exagerando muy poco, inmejorable. Tuvo una carrera brillante en la administración pública como parte del equipo de jóvenes trabajadores que organizó Roosevelt para la ejecución del new deal. Como todo newdealer tenía un apodo, Cue Ball. Según su autobiografía, redactada por un tal Jim Dibdhal, jamás publicada y habitante impoluta de una de mis cajas, habría sido el mismo presidente quién se lo habría dado. De todo el texto, ochenta entusiastas páginas que parecen redactadas por un eufórico Walter Scott suburbano, éste es el episodio más conmovedor. Una mente que respetaba y admiraba, reconocía con una elegante metáfora mi más grande talento. Pocos veces me he sentí parte de algo tan importante y decisivo … esa fue una de ellas. Antes de llegar a Washington, Stephenson habría comenzado en un trabajo nocturno de reportero en el Chicago Tribune. Su función, si bien rimbombante, era metódica, exigente y pésimamente pagada: debía reportar todos los crímenes nocturnos del sur de Chicago. De día estudiaba ciencia política en la Universidad de Chicago, de noche seguía las andanzas del crimen organizado por los traficantes del alcohol. Durante los tres años que duró su carrera universitaria, el coronel Stephenson nunca faltó a su trabajo. De lunes a viernes se presentó en la estación de policía número uno, calle State con 18 Sur, a tiempo y bien vestido. Durante tres años, aguantó el gastado humor de los agentes que lo molestaban invariablemente, resistió el cansancio y el pésimo café de la estación. Resistió el sueño, el frío agudo de la ciudad, y vivió de cerca la prohibición. Infortunadamente, en sus archivos, no existe prueba alguna de este trabajo aparte de ciertas cartas en las que, precisamente, el coronel solicita a los archivistas del periódico alguna constancia de su paso por el diario. Ninguna de las consultas tuvo éxito.
En 1940, después del paso por Washington, a Stephenson le fue asignada la re-organización del sector eléctrico de la Florida –concentrado bajo la Florida Power Corporation. Una de las singularidades del panorama que se le presentaba a Stephenson era que la diferencia de costos entre el enfriamiento y el calentamiento de las residencias era abismal. En otras palabras, los dos días al año que los residentes de la Florida necesitaban calefacción el consumo de energía era el mismo que el del resto del año sumado. Stephenson, según relata en una carta a su amigo Frank Trippet (un tipo de mediocre fama como columnista de la Time y de ninguna fama como escritor, a pesar de ser inteligente y hábil con la Olivetti), pensó que si una nevera podía mandar el frío hacia adentro y el calor hacia fuera, revertir el proceso sería una problema menor. Desde el primer momento supo que la idea no arreglaría el problema eléctrico del estado, cuyo principal problema era ser obsoleto, pero sí que tenía un inmenso potencial comercial. Durante tres semanas Cue Ball trabajó secretamente en los insípidos laboratorios de la Florida Power diseñando la válvula que lo haría rico. No paró de trabajar ni una sola noche. Sabía que si paraba la duda lo embargaría y no terminaría su proyecto. Una ligera paranoia lo fue invadiendo y decidió no contarle nada a nadie. Sabía que no hacía nada ilegal o inmoral, pero conocía de cerca la guerra de patentes y estaba decidido a no bajar la guardia. La válvula se hacía cada vez más real y el miedo aumentaba proporcionalmente. Sabía que funcionaría y eso lo estaba volviendo loco. Tan pronto la terminó, tomó su carro, se fue al pueblo lejano más cercano y envió un telegrama con su diseño a una firma de ingenieros californiana. Esa noche se quedó en un sucio Motel de carretera. Esa noche terminaban las tres semanas de mentiras a su esposa.
En el acuse de recibo a su correo, después de una calurosa y burocrática introducción, el ingeniero de nuevos proyectos Peder Hinderlie le decía que la firma estudiaría la propuesta. Stephenson esos días poco podía mantener su recato, ya se sentía como un Edison y, sin dudar que la firma patentaría su diseño, le contó a su esposa que pronto se harían ricos. A ella, que no se había sumergido en la construcción de la válvula cómo la había hecho él, la invención se le presentaba como otro de los infinitos proyectos de su esposo. La señora Stephenson miraba el mundo en crisis y guerra, y poco o nada podía entender de lo que su marido le decía. Por momentos, cuando él le hablaba del invento, ella prefería pensar que en vez de válvula, su esposo tenía una amante y sólo usaba el artefacto como excusa, lo cuál era mejor que pensar que estaba loco. En cualquier caso, la construcción de la válvula tendría que esperar al final de la guerra. Al poco tiempo de recibir la respuesta de Hinderlie, Stephenson fue asignado a la escuela de gobierno del ejercito de los Estados Unidos, en Virginia. Rápidamente fue enviado a Europa a servir en el campo de batalla. Vivió el Día D, la liberación de París y el final de la campaña africana. Su principal aporte fue el diseño e implementación de los gobiernos temporales en las tierras “liberadas”. Por la naturaleza de sus misiones siempre estuvo en los cuarteles de los más altos mandos. En el de Londres, su sugerencia de que de Gaulle entrará a París primero que los americanos, tuvo un acogida general porque era básicamente lo que todos pensaban. Stephenson mismi le dio la orden a su amigo Lev Weinstein de entrar con el general francés a la capital como único representante del ejercito americano en el desfile marcial. Treinta años más tarde Jacques Chiracq, en ese entonces alcalde de París, les daría una galardón especial a los dos viejos veteranos americanos. 
Stephenson volvió de la guerra con la seguridad del triunfo y muchos recuerdos que preferiría no tener. En las noches frías siempre tengo pesadillas en las que quedo solo en las playas de Normandía rodeado de soldados muertos. Para su fortuna, en casa lo esperaba una carta de Hinderlie: su válvula sería construida y patentada. Dejó su posición en el gobierno y, ahora como coronel retirado, creó una corporación que dedicó a explotar el uso sobre la patente que, poco tiempo después de creada, se concentró en la fabricación de transporte industrial temperaturizado. El modelo estrella de la Bronquida Corporation fue el Polarcar, la primera heladería sobre ruedas en funcionar de modo eficiente sólo con gasolina. Ese, sin duda, sería su más difundido y amado aporte a la humanidad, pero Stephenson apenas si lo nombra en sus memorias. La historia aparece en la carta que el coronel remite al Departamento de Energía de Florida relatando su participación en la Florida Power.


La foto del primer Polarcar es nítida y lo presenta tristemente solo, recién salido de fábrica. Me lo imagino rodeado de niños como lo vi tantas veces en los programas de televisión gringos llegados veinte años tarde a mi banana republic. Vuelvo a la carpeta, sonrío, me alegra conocer la vida del inventor del Polarcar. En ese momento me parece un hombre ilustre. Pero vuelvo al archivo y unas carpetas más adelante Bill Stephenson regresa a su habitual medianía. En la boca me queda el sabor de las paletas de pura pulpa de fruta que vendían en la casa catorce de mi conjunto residencial y que nos comíamos un poco a desgano porque eran la única opción que teníamos. El polarcar, viejo invento, que veíamos en la tele, nunca visitó nuestras casas. Y cada paleta que devorábamos siempre sería como una copia incompleta de un mundo que sólo nos daba símbolos en la pantalla, maquinas geniales futuristas y reales, pero ya obsoletas en otras latitudes y que nosotros nunca habíamos visto.
Después de enriquecerse con su corporación, el coronel se dedicó a ayudar al partido demócrata en la Florida, entre otros oficios que consideraba de tipo filantrópico. En 1956 se lanzó al congreso por el condado de Pinellas, pero no pasó las primarias. El mismo año hizo el lobby completo de una ley que financiaba maestrías en educación a militares retirados para que enseñaran matemáticas en las escuelas secundarias. La Ley fue finalmente presentada al senado por Jack Kennedy y fue aprobada teniendo un relativo éxito en sus primeros años. Después de las guerras de Corea y Vietnam, el programa dejo de funcionar. La ley fue reformada y el único aporte de Stephenson a la legislación moría con ella. Cajas 43 y 44. Los nuevos veteranos no servían para educar, estaban dañados.
Quizá fue eso, o las continuas negativas a sus aplicaciones a doctorado en Ciencias Políticas, pero la verdad es que en algún momento de los cincuenta, de repente, Stephenson se hizo viejo. O lo hicieron viejo. Era un mundo nuevo y el coronel no encajaba más. Las carpetas de los sesenta son aburridas y monótonas. Aniversarios, celebraciones, y re-encuentros; o peleas cazadas con algún medio de comunicación por alguna nimiedad. Stephenson, retirado y con su corporación liquidada, no paró de usar su máquina de escribir. Escribía a revistas, periódicos, columnistas y profesores con muy diversas inquisiciones. Las cajas 17 a 24 recogen la variopinta correspondencia de esos años. En la 21 se encuentra la estrategia postal masiva iniciada por Stephenson para intentar, sin ningún éxito, corregir los errores históricos de la película Is Paris Burning? En ésta, su amigo Weinstein era abiertamente omitido en la representación del desfile de entrada a París. “Y por ende, él, el coronel” pienso yo, pero no me decido a tomar partido.
El último gran proyecto del coronel fue el Kudzu. En la caja 23, junto a un recorte de periódico que le da al coronel una página entera y lo muestra al lado de unos matorrales de la planta asesina, está la carta en la que él solicita al departamento de Agricultura de la Florida una historia del mismo. Como en todas sus inquisiciones anteriores, los esfuerzos del coronel intentan obtener algún documento escrito que valide su recuerdo. La introducción del Kudzu, habría sido un gran acierto pues no sólo mantenía a salvo a las carreteras, servía también para alimentar ganado. Sin embargo, su difusión fue poca inicialmente y sólo gracias al esfuerzo del coronel en retiro, dos décadas después, la planta se popularizaría ampliamente en el sur. Yo debo omitir todo guiño a la macabra coincidencia y continuar con mi trabajo, fólder tras fólder, caja tras caja, pero no puedo. Me escondo en el pasillo 23 y me echo a reír, hasta que oigo a otro archivista empujar su carro y vuelvo a mi puesto.

La pantalla del computador me devuelve una impávida hoja en blanco. Debo escribir una corta biografía (250 – 500 palabras) de Stephenson para la guía de la colección. Me taladra el cerebro el hecho de que Stephenson pasó toda su vejez esperando encontrar las películas en las que se veía al general Patton dando un discurso a los soldados que pelearían en la sanguinaria, y fílmicamente constante, Omaha Beach. Dicho material comprobaría la participación de Stephenson como líder de escuadrón de la segunda de Ingenieros durante el desembarco en Normandía. Sería la prueba de que su participación en la guerra no habría sido meramente burocrática y, quizá, la justificación de tanta pesadilla a mitad de la noche. Los escuadrones de ingenieros fueron los primero en desembarcar. Solos, a merced de las ametralladoras alemanas, debían preparar el terreno para el desembarco general. Era una misión suicida y fundamental, la tasa de mortalidad fue de 18 a 1. Stephenson sobrevivió, pero el material que comprueba su participación nunca apareció.Todos los intentos de encontrar algo son vanos. Para los años setenta, la correspondencia del coronel con el departamento del ejercito encargado del material audiovisual se ha vuelto una cadena de cartas y mas cartas que hacen referencias a otras tantas cartas, anteriores y posteriores. En esa larga y densa cadena se lee una sola pregunta y un sólo dolor.


Código de barras en el exterior de la caja, en el sticker se debe incluir el título de la colección, el número de la caja y CICE, todo en Arial 12pt negrilla. El interior sólo tiene el número de catálogo en la contrasolapa posterior. Pegar uno, pegar dos, cerrar y siguiente. Decido que el Polarcar lo vale, intentaré algo. La narrativa de salvación me saca del tedio laboral y por un momento dejo de estornudar. El polvo de los papeles viejos es el último rasguño de los muertos. Debo convencer a mi superiora de que en los filmes de Patton recae la total relevancia de la colección, es filmes o nada. Si lo logro, ella hará que el CICE mande correos preguntando por los filmes. En esos correos está la última esperanza. Si yo gano y los filmes aparecen, ella gana. Acepta. Yo sonrío. Lo siento, los dos perderemos, lo sé ,pero es el único homenaje que le puedo hacer al coronel. La única forma de decirle que sus inquisiciones no fueron vanas, que entiendo mejor que nadie, lo que significa buscar testarudamente convencer a los demás del valor del trabajo propio. Que su polarcar fue un símbolo y una promesa y que aún años después de su muerte, la historia de su vida es el aliciente para al menos un, al menos uno, soñador.
Mientras esperamos las respuestas, comienzo a trabajar en una colección de carteles publicitarios de la feria mundial de Chicago de 1933. Mi cerebro no abandona a Stephenson, lo veo como joven estudiante universitario recorriendo la ciudad durante la feria mundial. Busco a su familia pero no hallo mayor cosa. Una a una llegan las respuestas de los otros archivistas. Nadie encuentra nada. Empujar el carro, pasillo 48, estantería dos, al lado de los papeles de la señora Eleonor Roosevelt, descansa toda la frustración del coronel, preservada del ácido y del hongo.Llego a casa, y me permito el desorden que mi trabajo me niega. Pienso en el Polarcar y sintonizo el canal nacional en la página web pirata. Son las 5 de la tarde y, como hace veinte años, pasan el mismo programa de televisión viejo y repetido. Salgo a la calle y voy a la catorce, compro una paleta de pura pulpa de mora por doscientos pesos y pienso que en el 2010 los carros van a volar y que sin duda habrá marcianos en las calles.
***
Martes, llego tarde al trabajo. Mi jefe me llama. En el camino alisto una excusa por haber llegado tarde. Me dice que llegó el último correo que esperábamos. No encuentran nada. Me mira con desilusión. Voy al pasillo 15 tomo la caja 3, estantería dos, abro el último folder y meto la última negativa. Buenas noches coronel, salúdeme a los marcianos.

June 22, 2010, 10:50pm Post


