Había algo cálido en dar siempre la misma charla. Conocía perfectamente cada uno de los giros. Sabía qué partes le gustaban a la audiencia y qué partes la aburrían, qué partes podían alargarse en busca de una carcajada cómplice y qué partes podían omitirse si el hambre acosaba los humores. Había sido profesor de física nuclear por veinte años. De esa experiencia docente había aprendido la precisa lectura de los ánimos de un auditorio. Y, sin embargo, en el discurso de ese día casi no gesticuló. Ese día no hubo show. Dejo que el público se contentara con la historia. No sonrió coquetamente como era usual cuando contaba la anécdota en la que Bohr le decía personalmente que su teoría del átomo era correcta. Tampoco cuando recordó la sonrisa amable de Fermi. Esa sonrisa con la que el viejo profesor italiano le había reconocido como Físico justamente el día en el que juntos habían iniciado la primera reacción nuclear en cadena. No lo conmovió el recuerdo del momento en que se ganaba el respeto de sus mayores. No, tampoco sonrió entonces y ese típico momento borgeano pasó desapercibido. Le hubiera gustado hablar de su última invención, un analizador de proteínas; pero hoy, justamente hoy, también le hubiera gustado mandarlo todo a la mierda. Por si fuera poco, el inepto (así apodo para sí mismo al molesto hombre que tan impasiblemente como él seguía su discurso y que aún con el sombrero puesto sentaba al lado de la señora de Morgan) no paraba de fumar y el humo denso y empalagosamente frugal le irritaba los ojos y le hacía estornudar.
El Dr. Herbert Anderson (24 de mayo de 1914, New York City, New York – 16 de julio de 1988, Los Alamos, New Mexico) sabe que puede abstraerse y detallar la mirada perdida de la chica de la última fila, la sobrina de Wigner, porque su discurso no perderá fluidez: es un texto pulido por los años, maleable. Afortunadamente no heredó la voz del tío- piensa y sonríe. Le gustaría poder retratarla. Sus pensamientos se pierden y entre alucinados y triviales recorren enteramente la sala, pero la historia sigue. El discurso continúa a pesar del estruendo de la bandeja que cae secamente en el piso. En segundo plano oye el aplauso tímido del público que le confirma que la burla del sombrero de Oppenheimer funciona y aún tiene unos años de vida. Más exactamente diez años, lo sabe bien. En diez años la mayor parte de las personas que podrían entender la referencia habrá muerto toda. En diez años será sólo materia de especialistas. Pronto se acabará todo.
No le molesta que lo consideren más cómo testigo que cómo protagonista de sus historias, o de la Historia. Sabe bien el valor de su trabajo. Él, que construyó los primeros reactores de la Historia, sabe que bien le valió la pena. Hoy, sin embargo, presiente las miradas lastimeras de algunos asistentes y a pesar de querer sentir indiferencia, sólo puede sentir desdén.
De la última fila proviene una de esas miradas curiosas, inquisidoras, de los que lo consideran autor de la bomba, o más bien del miedo y de las muertes. Cada charla hay una o dos así. Últimamente ha habido más. Hoy es una mujer. Lo mira intensamente y parece quererlo comprender. A Anderson el sentimiento le es conocido, se repite incansablemente y siempre le parece igualmente patético, insultante y falso. En Los Alamos estaba lo más selecto de la ciencia, de allí salió la bomba, cierto, pero también el microhondas y las computadoras. John von Newman discutía sus proyectos con Fermi, al desayuno, mientras tomaban café en una barraca militar rodeados de soldados y obreros. Señora, sabíamos exactamente lo que hacíamos, nos jugábamos la vida, y el orgullo. Claro, nos opusimos a la forma, pero siempre supimos que las armas se construyen para matar. Yo ya vi morir a los mejores, señora. Otros hablan a solas cuando se oculta el sol. Sabíamos que nos ganábamos el odio y el desprecio de algunos pero lo hicimos porque creímos honestamente que el futuro sin bomba sería peor. Es, claro, una encrucijada brutal porque nunca podremos probar esa afirmación, pero la encrucijada es también para usted señora. Pero usted, usted no debe tomar ninguna decisión. En ese momento recuerda quién es el inepto y recuerda que para el final del discurso debe estar presente.
El Dr. Anderson se aprieta la corbata, bebe un poco de agua y elogia una vez más a su amigo, Nick Metropolis. Pasa la última diapositiva. Es el último golpe. Se endereza y sin bajar la mirada sonríe. Pronto se acabará todo, señora.
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En la carpeta titulada, on the frontiers of quantum Monte Carlo, fechada el 17 de septiembre de 1985, están los borradores de la charla que el Dr. Herb Anderson preparó para la conferencia celebratoria del trabajo de Nick Metropolis. En la diapositiva 6 se reproduce un grabado perteneciente al Margarita Philosophica. En éste, se ve a Boecio venciendo a Pitágoras en una competencia de cálculo. La margarita, era el manual universitario más difundido en las universidades alemanas del siglo XVI. La imagen simbolizaba el triunfo de la tecnología científica del momento, la notación decimal, sobre la obsoleta: el ábaco y los números romanos. El autor de la margarita le atribuye a Boecio la introducción de la notación decimal a Europa. El Dr. Anderson sabe que los banqueros toscanos, piamonteses y romanos financiaron el renacimiento con los dichosos numeritos. Es un experimentalista, sabe sin duda lo que es una herramienta.

Mientras proyecta el grabado, como leyenda a la imagen lee una anécdota de la época en que en Los Alamos se construía la bomba:

Anderson conoce bien unos cuantos trucos de retórica. Para la oratoria y la verborrea, la academia es La Meca, y el Dr. nunca dejó de aprender. Los años de comités y reuniones, lobbys y entrevistas, seminarios, conferencias, charlas, simposios, encuentros, exposiciones, reseñas, artículos, editores y correctores, etc., etc., le habían convertido en un excelente orador. En veintitrés ocasiones diferentes ofreció diversas versiones de la charla en la que relataba el nacimiento de la era atómica. Para los setenta ya era el más confiable testigo de esa narrativa. La experiencia le había enseñado al doctor que la Historia más que hacerse, se escribe, o se documenta. Por eso nunca le molesto ser El testigo y no el protagonista, porque en el fondo siempre tuvo la última palabra.
Debo oír una charla sobre ciertos átomos muónicos en la que el dr Anderson hace una pregunta al conferencista. Es la única grabación que he podido conseguir; al parecer en Dubna existe una conferencia grabada en filme, pero no es política del archivo del laboratorio ruso prestar sus documentos. De la corta, reverberante y entubada intervención logro imaginar la voz segura con la que el profesor recuerda la competencia numérica europea. Erudito y elegante efectismo. Estocada final subconsciente. Imagino la sonrisa de los que entienden el guiño del dr. Los pocos que leen su astucia y se deleitan, y los que, con sarcástica amabilidad, sonríen cuando el doctor cita un pensamiento de Pasteur como fin de su charla. En cuanto a observación concierne, el azar sólo favorece a las mentes preparadas.
November 19, 2010, 12:47am Post


