Nos prometieron marcianos

Si los sueños de la razón dan monstruos, ¿qué dan los sueños de la sinrazón? Soñé (porque de nuevo me dormí: el sueño es tan persistente como el insomnio) que los marcianos invadían la tierra no como temía Silvestre en naves que se posaban sin ruido en las azoteas o infiltrándose como espíritus armados en la materia terrestre o invadiéndonos en forma de microbios que crecerían en los animales y en los seres humanos, sino con formas marcianas, criaturas con ventosas capaces de hacer otras paredes con el aire y descender y ascender por escaleras invisibles y con paso majestuoso sembrar el terror desde sus presencias negras, brillantes, silenciosas. En otros sueños o en el mismo sueño de otra forma eran ondas sonoras que se metían entre nosotros y nos encantaban, como sirenas: en cualquier rincón brotaba una música que alelaba, un son paralizante y nadie hacía nada por resistir aquella invasión del espacio exterior porque nadie sabía que la música era el arma secreta y final y no había quién se tapara los oídos no ya con cera ni siquiera con los dedos y al final del sueño yo trataba de levantar las manos hasta las orejas, porque comprendía, pero tenía las manos pegadas y la espalda pegada y el cuello pegado con cola invisible, y me desperté fuera de la cama, con un charco de sudor debajo del cuerpo, en el piso.
Tres tristes tigres
Guillermo Cabrera Infante

Prólogo // Advertencia
Todos los días trabajo cinco horas en el archivo del Centro Investigativo de Colecciones Especiales de la Biblioteca Jospeh Regestein de la Universidad de Chicago. Me especializo en manuscritos de científicos muertos pero con vidas conspicuas. Todos del siglo XX. Encuentro claves que nadie nunca verá y como esperanza futil las dejo escritas acá. Lo hago porque sé que al menos en éste espacio, tendrán la visita de algún desocupado lector que en alguna noche de insomnio vino a dar en este enpolvado rincón.

Debido a que siempre siento que un leguleyo me está respirando en la nuca, debo pedir al lector que no tome nada de lo que hay aquí escrito como cierto, a pesar de que, salvo un par de ego-trips, todo es verdad. Un grito a la luna. Una promesa marciana.

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Entradas

  • Introducción
  • Barnard's Astronomical Computer
  • Quantum Margarita
  • Nightmare for Future Reference
  • Curious Letters
  • Adiós Bertica
  • El coronel Stephenson
  • Nightmare for Future Reference

    La jerga económica se tomó todos los portales del mundo. Vivimos aplastados bajo el yugo de la crisis. El sistema se deshace, el caos invade las pantallas. Mercados explotan como pompas de jabón por toda la red. Felices los que predijeron tan estrepitoso colapso se vanaglorian de su acierto frente a las cámaras. Click, Click, Click. Para ellos no hay crisis. Conferencias, entrevistas, libros, premios. Han predicho el futuro. Los que no previeron tan normal comportamiento del mundo capitalista se escudan en teorías posmodernas que ni ellos mismos creen. Dejen caer las instituciones bancarias, dejen que se acabe todo. Protestan, discuten, debaten. Los gobernantes del mundo se juegan sus puestos de trabajo a cada paso que dan, de cada una de sus decisiones dependerá el futuro de todo el aparato económico. La opinión pública presiona, pero más presiona el sistema financiero. ¡Sálvenlo todo! El objetivo tácitamente asumido es revertir la crisis, a cómo de lugar. Re-establecer el orden anterior a la crisis. ¡Sálvenlo todo! 

    Pero a la larga, crisis o no crisis, todo sigue igual … o peor. Los platos rotos se delegan de arriba hacia abajo. La cagan los niños empericados de Wall Street y baja el precio de las horas de cátedra de humanidades en las universidades del midwest. Y pensar que aún se debate el libre mercado.  Bien vista, la crisis no es más que una rétorica mediatica para justificar despidos masivos y reducciones de sueldo generalizadas. Yo he preferido renunciar a mis horas de profesor que se han devaluado tanto como han subido las matriculas universitarias. Ahora es finalmente oficial, mi ocupación principal es la de archivista, no está mal, a la larga es dónde todo historiador alcohólico termina, y yo siempre he sido precoz. La verdad es que no hay soledad como la del archivo. Especialmente a la hora de almuerzo. Por dos horas los únicos testigos de mi existencia son los papeles de mis muertos ilustres. Por dos horas no existo y sólo me devuelve al mundo el taconeo de Laura que empuja su carrito incansable y periodicamente -algún día debería hablar de los tacones de Laura, por el bien del lector y del escritor, que a la larga son uno mismo … basta ya, perdón, deformación profesional, impasse que me niego a borrar por falta de honestidad. Le pido al estimado lector me disculpe, pero a veces me es difícil controlar el no irme por las ramas, seguir el hilo de pensamientos que se conectan por medio de sinapsis secretas, plásticas, por efecto del algún olor lejano, de un pedazo de canción que nos recuerda toda una forma de nuestro ser que acaso dejó de ser, un tono de luz que nos trae subitamente la sensación exacta de una tarde cualquiera de diciembre. Pronto comenzaré a trabajar en los papeles del señor Szilard, uno de los fundamentales partícipes del Manhattan Project. No son más de dos cajas pero por lo que he podido rastrear tiene un par de entrevistas bastante interesantes. Yo, joven entrenado del otro lado del hemisferio, amante del recobeco y de la intrahistoria, debo confesar que me produce un cierto placer morboso el poder entrometerme en la intimidad de un hecho histórico por la puerta de atrás, o por el sótano que es peor. Digo pronto pues al parecer todavía no domino el oficio suficientemente y por el momento me entrenan con los papeles de la familia Myers: ex alumnos de la universidad pertenecientes a la generación perdida, amigos de poetas y artistas (Hemingway, Fitzgerald, Stein, etc.). Colección corta, pero rica en cartas y fotos de la intelectualidad norteamericana de principio de siglo XX, Todo está restringido pues los derechos sobre Todo los poseen los herederos de la familia. Nada es publicable ni accesible -la razón de tanto celo es igualmente impublicable y reposa en el folder dos de la caja dos. Un cuarto de la colección la componen cartas y fotografías de la poeta Rosemary Carr (Foto 1) -mejor amiga de la señora Alice Lee Myers (Foto 2)- quien en los años veinte era corresponsal del Chicago Tribune en Paris. Justamente porque la señorita Carr conoció en Paris al escritor Stephen V. Benét, se enamoró de él (Foto 4), se casó con él, tuvo dos hijos con él; y justamente porque él se convirtió en el autor estadounidense más respetado en su momento, escribió un poema que conmovió ostensiblemente al señor Szilard (lo adjunto más abajo), tanto que lo impulsó a escribirle una carta que lo conmovió a su vez a él, justamente por toda esa minucia y porque Benét le relata a Rosemary el hecho en una carta que fue salvada por Alice, justamente por todo esto es que la referencia de la colección de la familia Myers se cruza con la de la colección Szilard. Y aunque mi jefe desconoce la minucia, el que el computador le diga que las referencias se cruzan y que la colección Myers es corta -e inservible por restringida- es suficiente para que ella me la asigne, y yo pueda hacerle quite a la crisis leyendo los poemas de Benet de su misma pluma -privilegio que me da este archivo y un secreto familiar.

    Rosemary CarrAlice Lee Myers. 1926Stephen V. Benét and Dick Myers. 1940Stephen y Rosemary, Paris. 1922

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    Stephen Vincent Benét (Julio 22, 1898 – Marzo 13, 1943) era un hombre enjuto que siempre tuvo cara de estudiante de letras. Fue un escritor prolífico y tuvo un considerable éxito comercial y crítico. A pesar de ello su escritura era difícil y su estilo ligeramente sofisticado. Estudió literatura inglesa en Yale justo en la época en que ésta universidad se consolidaba como la primera institución literaria en el continente. Thornton Wilder, otro escritor de menor valía pero mucho más celebre que Benét, lo recordaba como el cerebro del Yale Lit. Su conocimiento técnico de la ficción lo hacía genial en la literatura corta, lo cuál se adaptaba a su tendencia hacia la fantasía y el sci-fi. Tristemente sus obras más recordadas no son sus mejores páginas y están impregnadas de un nacionalismo apenas natural en los treinta pero empalagoso para el lector de la segunda mitad del siglo XX. Hasta los símbolos se gastan. Los colores pierden vida al sol. De Benét no he podido encontrar nada de valor en la biblioteca entera. Lo cuál no es de sorprender, la poesía y la ciencia ficción ocupan un lugar bastante terciario en los departamentos de inglés, donde a su vez lo que más se lee son autores contemporáneos franceses. 

    Leo Szilárd, nacido en Hungría, se encontraba en Nueva York, en la Universidad de Columbia, la primera vez que leyó Nightmare for Future Reference, un poema de Benét al que habría llegado por pura casualidad. En una carta fechada el trece de diciembre de 1939 y dirigida a Enrico Fermi, después de  diez párrafos de especulación científica, Szilard relata su impresión de la lectura: “Tuve que salir de mi apartamento. Llovía y no tenía paraguas. Sabía que me iba a enfermar, siempre me enfermo cuando me mojo desde que estoy en America. Pero tuve la necesidad de caminar, la idea de que todo lo que creía estaba mal me invadió de modo asfixiante y tuve que refugiarme en medio de la ciudad. Ahora que te escribo, Fermi, tengo fiebre pero estoy mejor.” La correspondencia habitual entre los dos científicos es escasa y seca, la confesión es sorprendente. Tres semanas más tarde, Benét envía una carta al físico húngaro. Según lo indica el autor, escribe en respuesta a una carta de Szilard fechada del 19 de diciembre.  El tono de la respuesta es amable, pero es claro que el escritor no tiene ningún interés en continuar su comunicación con Szilárd. Sin embargo, y quizás como gesto de respeto o desprecio, el escritor incluye una postal que muestra una parodia gráfica del, en ese entonces semidesconocido, American Gothic. En la posdata, Benét se refiere a esa postal como a otra variación del mismo relato que había deleitado al físico y  que creía le causaría, si bien no una reflexión, sí al menos un poco de gracia. 

    En la postal no hay información alguna sobre el autor de la parodia. En los archivos no hay copia de la carta original de Szilard y es difícil especular sobre su contenido. Los archivos de europa oriental sólo contienen documentos de Szilard anteriores a 1933. Sobre el autor material de la postal, todo parece indicar que es el mismo Benét. Es poco probable que el poeta pudiese entender la situación en que se encontraba el biólogo húngaro: una novela lo había llevado a desatar la reacción en cadena que terminaría en la bomba, y ahora su poema le hacía dudar de todo. Un poema le mostraba la lógica perversa de su miedo y lo que éste había desatado. El problema es, Szilard lo sabe mejor que nadie, que la reacción ya pasó el punto crítico. Pronto no habrá nada. 

    Pocos años después del corto intercambio entre científico y escritor, Benét moriría  de un paro cardíaco en la ciudad de Nueva York. Era 1943, tenía cuarenta y cuatro años. 

    A Nightmare for Future Reference*

    Stephen V. Benét

    Ese fue el segundo año de la Tercera guerra mundial,

    la Guerra entre Nosotros y Ellos.

                                                     Bueno, pues nos hemos acostumbrado.

    Nosotros no hablamos mucho al respecto, extrañamente. 

    Hubo todo tipo de cuentos los primeros años después de la Paz,

    Un millón de teorías, un millón de especulaciones,

    un millón de explicaciones esperanzadas y planes,

    Pero ya no hablamos de ello. Ni siquiera preguntamos.

    Podríamos hacer lo incorrecto. No creo que lo entiendas.

    Pero tienes dieciocho ahora. Los puedes aguantar.  Es mejor que lo sepas.



    Verás, naciste justo cuando la guerra estalló,

    ¿Quién la empezó? Oh, dicen que fuimos Nosotros o Ellos

    y parecía ser así en ese entonces. No sabes cómo es. 

    En cualquier caso, empezó y ya está.

    Sólo un poco peor, por supuesto, que la anterior,

    Pero la humanidad estaba acostumbrada a eso. No nos enteramos.

    Bombardearon nuestra capital, nosotros la suya.

    ¿Has estado en las Torres Caídas? Sí, te han llevado allá.

    Te han mostrado la faz de la tierra devastada.

    Pero no pueden mostrarte el olor o el gas o la muerte

    O lo que se sentía estar allí, y ser parte de todo.

    Pero no sabíamos. Juro que no lo sabíamos.

    Recuerdo el primer tenue indicio de que algo no andaba bien,

    Algo superior a todas las guerras y más grande y más extraño,

    Algo que no podías explicar.

                                                          Estaba de permiso

    -Raro cómo te sientes de permiso, como siempre te has sentido-

    Pero fui a ver al Jefe al hospital, 

    Y allí estaba, en su viejo laboratorio, 

    Un poco más viejo, un poco canoso, 

    Pero los mijos ojos que te atravesaban y la misma lengua.

    No lo habían podido tocar –ni las bombas

    Ni la ruina del trabajo de toda su vida, ni nada.

    Me hizo un guiño desde detrás de sus lentes

    y dijo, “¡Ja! Eres tú. No me dejan tener ratones

    Salvo para trabajo de guerra, pero me robo algunos.

    Y me han hecho coronel –esperan que haga el saludo militar.-

    Malditos imbéciles. Una imbecilidad. No entiendo cómo. 

    ¿Te has enterado de lo que hizo Erickson con los glándulas endocrinas?

    Las revistas están cuatro meses tarde. Siéntate y fuma.”

    Y lo hice y me sentí en casa.

                                               Fue un gran hombre.

    Quizás lo recuerdes –y yo había trabajado con él.- 

    Pues finalmente me dijo: ”¿Cómo está tu chico?”



    “Eh, saludable,” le dije. “Tenemos suerte.”

                                             “Sí,” dijo

    y una arruga le cubrió el rostro. “Tal vez hasta crezca,

    Aunque los intervalos entre las guerras se acortan.

    Me pregunto si no simplificaría las cosas

    Declarar a la humanidad en estado de sitio permanente.

    Podría meter algo de cordura en sus cabezas.”

                                             “Estás alegre,” le dije.

    “Oh, siempre estoy alegre,” dijo. “¿De paso, has visto éstas?”

    Y señaló unas tablas sobre la mesa.

                                              “¿Visto qué?” pregunté.

    “Oh,” dijo con esa macabra sonrisa suya que le cubría la cara,

    “Nada más las estadísticas normales de la ciudad: muerte y nacimiento.

    Ahora eres soldado. No te interesaran.

    Pero la tasa  de nacimientos está cayendo.”

                                                          “Pues, en realidad, señor,” le dije,

    “Sabemos que siempre se cae, en cada guerra.”



    “Pero no así,” me dijo. “Te puedo mostrar la curva.

    Parece el perfil de una montaña, yendo hacia abajo.

    Y más rápido los tres meses pasados –bastante más rápido.

    Se lo mostré a Lobenheim y quedó confundido. 

    Es un buen problema -¿si?” Me miró. 



    “Será mejor que hagan la paz,” dijo. “Será mejor que hagan la paz.”



    “Pues Señor,” le dije,  “si logramos abrirnos paso, en la primavera …”



    “¿Abrir paso?” dijo. “¿Qué es eso? Será mejor que hagan la paz.

    Las estrellas pueden estar cansadas de nosotros. No, no soy un místico.

    Eso se lo dejo a los grandes científicos de las malas novelas.

    Pero nunca vi una curva de natalidad tan rara.

    Ojalá pudiera llegar hasta Ehrens, de su lado.

    Él me diría la verdad. Pero los imbéciles no me dejan.”



    Sus ojos parecían cansados mientras miraba cuidadosamente las tablas.

    “Supón que no hay más bebés” dijo. “¿ Y entonces? 

    Es una forma de solucionar el problema.”

                                                             “Pero señor -¨dije.

    “¡¿Pero señor?! dijo. “Me podrías decir, por favor, ¿qué es la vida?

    ¿Por qué la dan, por qué la quitan?

    Oh, lo sé –hacemos una gelatina en un tubo de ensayo,

    Mantenemos un corazón de pollo viviendo dentro un jarro.

    Sabemos un montón de cosas, ¿y qué sabemos?

    Creemos conocer lo que mató a los dinosaurios,

    Pero ¿lo conocemos? Quizás les dieron una oportunidad

    y se las quitaron. Hay otras bestias

    qué sólo matan para su sustento. No, no soy un místico,

    pero hay un cierto patrón en la naturaleza, ¿sabes?

    y lo estamos alterando diariamente. Comer y joder

    Y después de eso volver a la tierra, y eso está bien.

    Pero ahora estamos volando y enfermando a la tierra misma.

    Ella ha sido muy paciente con nosotros. Me pregunto por cuánto tiempo.”



    Bueno, pues creí que el Jefe se había enloquecido, al principio,

    Y después recordé la vista de la tierra desierta,

    Ese amargo paisaje, picado como la luna,

    Sin vida como la cara de la luna y horrible,

    Lo que hicimos con las armas.

                                                      Si fuera tierra,

    parecía como si sintiera odio.

                                                     “¿Enconces?” dije,

    Y mi voz salió un poco débil. Me miró duramente.

    “Oh; pregúntale a las mujeres,” gruñó. “No me preguntes a mi. 

    Pregúntales a ellas qué piensan al respecto.”

                                                       Yo no les pregunté,

    Ni siquiera a tu madre –ella estaba rara, esos días-

    Pero dos semanas después, estaba de vuelta a las líneas

    y alguien me envió un papel 

    -palabras de aliento para las tropas y todo lo demás–

    Todo acerca de la caída en la Tasa de nacimiento en Su lado. 



    Supongo que ahora lo sabes. Aún hubo un día más en el que luchamos,

    al día siguiente las mujeres supieron. No sé cómo lo supieron,

    Pero destruyeron a todos los gobiernos del mundo

    Como una montaña de platos rotos, en dos días, 

    Y ya habíamos parado de disparar. Y nos miramos el uno al otro.



    No hablamos mucho, esas primeras semanas. No podías hablar. 

    Comenzamos con la reconstrucción y eso fue todo,

    Y al principio nadie siquiera tocaría las armas,

    Ni siquiera para derretirlas. Se quedaron ahí, calladas,

    apuntando como siempre, y nadie ahí.

    Y había una especie de locura en el aire, 

    Una silenciosa, desconcertada locura, extraña y tímida. 

    Te cruzarías con uno que iba murmurándose algo a sí mismo

    Y sabrías qué estaba murmurado y por qué. 

    Recuerdo volver a casa y tu madre ahí. 

    Me miró, al principio ni una palabra,

    Y luego  me dijo, “Quema esa ropa. Quitatela y quemala

    O nunca te volveré ni a tocar ni a hablar.”

    Ahí me enteré que todavía tenía el uniforme puesto. 



    Bueno, pues ya te lo he dicho. Dicen que ahora tienes dieciocho.

    No tiene sentido contarlo antes de eso.

                                                             ¿Entiendes?

    Por eso tenemos el Ritual de la Tierra,

    El día del pesar, las otras ceremonias.

    Ah, sí, al comienzo la gente odió a los animales

    Porque todavía parían, pero lo superamos.

    De pronto lo harán mejor, cuando sea su turno,

    Si es su turno –no lo sé-. No tengo idea.

    Puedes llamarlo virus, por supuesto, si te gusta la palabra,  

    Pero no lo hemos podido encontrar. Todavía no. No.

    No es como si hubiese sucedido todo a un mismo tiempo.

    Nacieron algunos chicos en los últimos seis meses

    Antes del final de la guerra, así que aún hay esperanza.

    Aunque ya casi han crecido. Ese es el problema. Ya casi han crecido.

    Bueno, pues duramos un buen tiempo. Eso es algo. Al principio creyeron

    podría haber una nación en algún lado -una tribu salvaje.-

    Pero estábamos todos en lo mismo, hasta los esquimales,

    Y mantuvimos los juguetes, las tiendas, y los libros de colores, 

    Y la gente se casa y planea y todo lo demás,

    Pero, ya lo ves, no hay chicos. No nacen.

    [1938]

    *Traducción de Juan Camilo Acevedo



    October 12, 2010, 9:33pm   Post


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